Ranavalona II: la barbarie y misandria judicial

8 de febrero de 2026
9 minutos de lectura
¡Me niego a creer que esto pudiera suceder en algún país, en algún lugar del mundo!

«La justicia que se ensaña con el inocente para dar ejemplo, no es justicia, es un sacrificio pagano en un altar de leyes.» Dr. Crisanto Gregorio León

Les hablaré de la juez Ranavalona II, quien no solo es una mente malvada, enferma y obsoleta, sino un intelecto estancado en una era donde el derecho no era ciencia, sino garrote. Para comprender la magnitud de la tragedia judicial que hoy nos ocupa, es imperativo realizar un viaje a las profundidades de la historia y la psicopatología. La crónica universal documenta la existencia de Ranavalona I, quien gobernó Madagascar en el siglo XIX con una crueldad que desafía la lógica humana. Su acceso al trono fue una emboscada política que implicó el exterminio de sus propios familiares para asegurar un poder absoluto y paranoico. Institucionalizó la ordalía del Tangena, un proceso donde la vida de un ser humano dependía de ingerir una toxina venenosa y tres trozos de piel de pollo; si el organismo no expulsaba la piel, la sentencia era la muerte. No existía prueba, ni razón, solo el azar de una naturaleza torturada por el veneno. Esta monarca, que hervía a sus súbditos y los despeñaba por acantilados, es el antecedente necesario para entender por qué hoy, en pleno siglo XXI, debemos hablar de una sucesora en la maldad.

Resulta asombroso y aterrador observar la gravedad de una justicia secuestrada por la patología y la arbitrariedad, donde la «des-investidura» sirve de refugio para los traumas personales no resueltos de quien representa la judicatura. Esos conflictos internos y heridas del pasado, al no ser sanados, se transforman en sentencias condenatorias sin sustento probatorio; el estrado se convierte entonces en un escenario de venganza somatizada. Este escenario de degradación moral nos obliga a situar la conducta de ciertos sujetos procesales no en la realidad del derecho moderno, sino en los círculos del infierno descritos por Dante Alighieri, lugar donde la justicia se transmuta en una desgracia de la especie humana. Es, desde todo punto de vista, imposible que en la realidad del corazón de los seres humanos que se dedican a la sagrada tarea de juzgar, exista una mente tan retorcida como la mente de Ranavalona II. El sistema judicial se ve asaltado por figuras que deshonran la toga, convirtiéndola en un disfraz para la ejecución de venganzas personales. Nos encontramos ante el fenómeno de una judicatura que opera bajo una suerte de episiotomía cerebral, un corte profundo y violento que separa la función pública del juicio crítico y la ética elemental. Es aquí donde cobra una vigencia aterradora la máxima que reza: «caras vemos, enfermedades mentales no sabemos», pues bajo la solemnidad de la toga se oculta una psique fracturada que utiliza el poder para canalizar sus propias patologías.

Esta juez, Ranavalona II, cuya conducta es la de una descarada trastornada, parece habitar en un constante divorcio de la realidad, donde las leyes no son más que estorbos en su camino hacia la satisfacción de complejos que destilan odio por cada poro de su «des-investidura». Se encuentra enquistada en la judicatura, sintiéndose «guapa y apoyada», pavoneándose con una impunidad que resulta ofensiva mientras ignora la estela de resentimiento que siembra a su paso. Desde la psicopatología forense, presenta rasgos de parafernalia histriónica, un trastorno sádico de la personalidad y un cuadro de psicópata narcisista. Esta mujer posee conciencia cognitiva pero carece totalmente de conciencia moral; sabe perfectamente el daño que inflige, lo planifica y lo disfruta con frialdad, ejecutándolo sin ambages. Su comportamiento es el de un «mono con hojilla» que posee el poder de destruir vidas, pero carece de la pericia técnica y la moralidad para entender el alcance de actos que ejecuta con una sorna espeluznentemente despiadada, esa burla mordaz e irónica que destila lentamente, con una tranquilidad cínica destinada a humillar la verdad y a pisotear la dignidad del inocente.

Su mediocridad intelectual no es casual; padece de manera aguda el sesgo cognitivo de Dunning-Kruger, esa condición donde los individuos con escasa habilidad sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerando su propia incompetencia como una forma de genialidad. En ella, la ignorancia es altanera; es incapaz de reconocer su falta de talento y conocimiento porque su cabeza llena de aserrín no tiene espacio para la autocrítica. Definitivamente, no pudo llegar a ese puesto por méritos académicos, sino por la degradación del sistema. A esto se suma el síndrome de Hubris, la enfermedad del poder, que la ha embriagado hasta el punto de creerse por encima del bien y del mal, perdiendo todo contacto con la realidad social y jurídica.

Es de un caradurismo increíble y una desvergüenza total —¿no les da pena ni vergüenza quedar expuestos por tal desconocimiento e ignorancia del derecho, ni que en cualquier momento el karma seguro les devuelva tanta iniquidad?— observar cómo en pleno juicio queda evidenciada la trampa que trama. Con un descaro absoluto, se confabula con los órganos de prueba para que estos declaren exactamente lo que ella necesita para alimentar su farsa condenatoria; es una coreografía de la mentira donde la trampa resulta tan evidente que ofende la inteligencia de cualquier observador. Ella tortura la prueba en vez de observarla para juzgar, hasta que la prueba confiesa la mentira que ella ha tramado, planificado y que desea oír; no importa si la prueba grita la inocencia del acusado, ella igual la usa para condenar. Estos supuestos triunfos de la jueza en perjuicio de la libertad y de la inocencia, logrados en colusión con el fiscal, no son más que éxitos con trampa. Es como asistir a una partida de póker donde la casa juega con cartas marcadas, haciendo trampa no solo para condenar a inocentes, sino para burlarse del sistema y del ordenamiento jurídico en perjuicio de los derechos fundamentales. Cuando una sentencia es una morisqueta y una afrenta al ordenamiento jurídico, el Estado de Derecho se desmorona bajo el peso de la ignominia de un juego sucio donde la baraja está viciada desde el inicio.

De manera intencional y sistemática, la juez ataca constantemente a la defensa, aplicando lo que en psicología se conoce como el condicionamiento operante de Skinner. Utiliza este mecanismo de forma perversa, empleando el castigo y la descalificación permanente como refuerzos negativos para quitarle ímpetu a la defensa técnica. Con maniobras destructoras, busca que el abogado calle, que guarde silencio, que no defienda; pretende que la contraparte se sienta achicada, apocada, aminorada y que no levante su voz ante la injusticia. Es una ingeniería del miedo procesal donde se busca anular la resistencia mediante el hostigamiento, convirtiendo el juicio en una celda psicológica donde la defensa es castigada por el solo hecho de ejercer su función. En este lúgubre escenario, emerge con crudeza la misandria judicial, una expresión de odio sistémico donde el hombre es condenado solamente por haber nacido varón. Esta perversión de la justicia de género convierte el estrado en un paredón ideológico donde la anatomía se vuelve destino penal, ignorando cualquier principio de igualdad ante la ley.

Resulta una afrenta a la razón que el ciudadano, al buscar amparo en la ley, sienta que no ha llegado ante magistrados, sino que ha caído en manos de delincuentes. Al cruzar el umbral de este tribunal, se padece una metamorfosis del entorno digna de una pesadilla: lo que debería ser el templo de la legalidad se respira como el cubil de una banda de forajidos. La atmósfera no es la de un debate jurídico, sino la de una encerrona criminal; uno ya no se siente en un tribunal que juzga el crimen, sino atrapado en la propia escena del crimen, donde los asaltantes visten de toga y los ladrones de la libertad se ocultan tras el mazo. Es la inversión absoluta del orden social: el estrado convertido en la guarida donde criminales de cuello blanco y alma negra ejecutan su pillaje judicial ante la mirada atónita del inocente.

Esta es la descripción de la judicatura que no se quiere y que debe ser definitivamente eliminada, execrada y desterrada de cualquier país que se precie de ser civilizado. Porque esta juez trabaja disfuncionalmente; es decir, no se ubica ni se percata de la estela de odio que está dejando a su paso. Pero esta infamia no la recorre sola. Se acompaña de una fiscalía que se presta para lo más bajo, encarnada en la figura de un Antoine Quentin Fouquier-Tinville moderno. Fouquier-Tinville fue el temido acusador público del Tribunal Revolucionario durante el Terror en Francia; un burócrata de la muerte que se jactaba de haber «industrializado» la guillotina. Enviaba a la muerte tanto a culpables como a inocentes con la misma frialdad con la que se firma un recibo, convirtiendo la acusación en un acto de servilismo político. Al igual que aquel personaje miserable, el fiscal de esta trama ha decidido ser un Caín de su hermano el hombre, actuando como un cómplice ruin que habita en la misma cloaca moral que la juez en este juego de cartas marcadas. ¿O acaso no hay gente buena de corazón puro en el tribunal? La complicidad pasiva ante tal nivel de hostilidad intelectual es, en sí misma, una traición a la justicia.

Esta ponzoña procesal denota una alarmante precariedad; pareciera que Ranavalona II obtuvo su título de abogada en una caja de detergente. Se ha quedado estancada en la época más oscura del derecho, negándose a cualquier tipo de actualización científica. Desconoce con una brutalidad increíble los protocolos modernos que garantizan la constitucionalidad y la legalidad. Cuando se la escucha hablar o se leen sus decisiones,

se percibe que está atrasada años de tinieblas y nieblas espesas. No maneja criterios modernos sobre pruebas, desconociendo toda innovación tecnológica; para ella, la evolución del derecho es un territorio prohibido. Podría decirse con toda certeza que su figura constituye, en sí misma, un saludo a la ignorancia; es una burda imitación de juez que no sabe ni los más elementales conceptos de integración del derecho, lo cual demuestra con cada sentencia que no cuadra, desvinculándose totalmente de la realidad de las actas solo para satisfacer su capricho personal. Su prepotencia nace de un dolor que alberga en alguna parte de su alma, pretendiendo cobrarse con todos los hombres algún desaire pasado que ahora comprendemos que se lo merecía sobradamente por su propia naturaleza ruin.

En su corteza prefrontal parece albergarse un problema macabro: su cerebro funciona como una nuez podrida, una estructura que solo produce decisiones viciadas bajo un expreso dolo intencional. Ella actúa consciente de la ilegalidad que firma, mientras su sonrisa denota un desplante ante lo intelectual. Vive en una matriz distinta, en el fango del averno, sentenciando a muerte a hombres de avanzada edad con condenas que son, en la práctica, una ejecución capital lenta. Esta Ranavalona II es una «artista demoníaca en la falacia del desvío», una Judas de la ley que debe recordar que aquel que prefirió usar su poder para la destrucción será arrojado a las tinieblas exteriores. Quien hoy castiga con tal sadismo en las cortes oscuras de su propia psique, es quien mañana enfrentará el inevitable crujir de dientes, llorando por una clemencia que ella jamás otorgó mientras sus cómplices arden en la misma hoguera de su indiferencia.

Jactancia hoy vs. eternidad del infierno

Al final del día, cuando el eco de sus martillazos injustos se apaga, la juez Ranavalona II y su cómplice fiscal deben enfrentarse a la gélida soledad de su propio vacío. Sus triunfos pedantes, logrados mediante la trampa y el dolo, son tan jactanciosos como carentes de esencia; son apenas un jarrón lleno de oropeles que brilla para el engaño, pero que al tacto de la verdad revela su naturaleza de hojalata. Nada hay más patético que una autoridad que, al despojarse de su disfraz, solo encuentra la nada en el fondo de su alma. Con cada sentencia injusta donde condena a un inocente a la muerte, está ella misma corroborando, certificando y reafirmando que ha comprado toda la tiquetería para entrar al infierno. Allí se encontrará con todas esas entidades demoníacas con las que se identificó plenamente mientras estuvo viva en la tierra, cumpliendo el destino de quien prefirió la sombra a la luz.

¿Cuántas Ranavalonas, cuántas fiscales Fouquier-Tinville conoces tú?

Aspiramos con fervor a que este relato no pase jamás del mundo de la ficción al mundo real ¿verdad?, y que personajes tan siniestros queden confinados por siempre en las páginas de la historia y la psicopatología. ¡Que terrorífico mundo de diablos y demonios puede morar en almas tan perversas!.

Nota del Autor: El término Ranavalona trasciende el género y la individualidad. Define un arquetipo de degradación judicial aplicable por igual a jueces o juezas; es la personificación de la arbitrariedad y el oscurantismo. Por tanto, donde existe un juez que traiciona la ley, allí habita una Ranavalona, sin distingo de su condición de hombre o mujer, pues la prevaricación y la maldad no tienen sexo.

«Nada hay más patético que una autoridad que, al despojarse de su disfraz, solo encuentra la nada en el fondo de su alma.» Dr. Crisanto Gregorio León

Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario Ex-sacerdote

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