La nuez del tangena y la pira de Smithfield: la perversión de la justicia
En el corazón de la Gran Isla Roja, Madagascar, crece un árbol de belleza engañosa llamado Cerbera manghas. Sus frutos esconden una semilla cuya toxicidad es legendaria, pero no fue la naturaleza la que la hizo letal, sino la voluntad de una mujer que convirtió un veneno en el pilar de su sistema judicial: Ranavalona I. Para comprender la magnitud de la tragedia histórica que aquí analizamos, es imperativo realizar un viaje a las profundidades de la historia y la psicopatología.
Al analizar la estela de sangre dejada por Ranavalona, la memoria histórica nos obliga a mirar hacia la Inglaterra del siglo XVI, bajo el reinado de María I de Inglaterra, conocida como María la Sanguinaria (Bloody Mary). Es imperativo señalar cómo ambas monarcas secuestraron el concepto de «justicia» para convertirlo en un ritual de exterminio. Mientras María I utilizaba la pira y la hoguera para incinerar la disidencia bajo el cargo de herejía, Ranavalona I institucionalizó la nuez del tangena para sofocar cualquier asomo de autonomía. En ambos casos, el trono dejó de ser un símbolo de orden para convertirse en el epicentro de una patología gubernamental donde la ley no buscaba el bien común, sino la aniquilación del adversario.
La crónica universal documenta la existencia de Ranavalona I, quien gobernó entre 1828 y 1861 con una crueldad que desafía la lógica humana y retuerce los principios más elementales del derecho natural. Su acceso al trono no fue un acto de sucesión natural, sino una emboscada política de proporciones sangrientas que implicó el exterminio sistemático de cualquier heredero varón, familiares y rivales potenciales, para asegurar un poder absoluto, ciego y paranoico. Para la historia, la Nuez del Tangena no es solo un fruto botánico; es el símbolo de un mandato que fusionó la soberanía nacional con la crueldad más absoluta, transformando la administración del Estado en una carnicería protocolar donde el debido proceso fue incinerado en la hoguera del narcisismo regio.
Cuadro comparativo del despotismo: anatomía de la crueldad

Violación de derechos fundamentales: la mecánica del horror
Para elevar este análisis, es necesario precisar que la ordalía del Tangena no era un hecho aislado, pero bajo Ranavalona I alcanzó una sofisticación perversa. Bajo su régimen, y al igual que en el de María I, el «debido proceso» era inexistente. Estamos ante la violación máxima al derecho natural: la presunción de inocencia fue sustituida por una presunción de culpabilidad que, en Madagascar, era de naturaleza gástrica y, en la Inglaterra de María, de naturaleza dogmática.
La anatomía de la crueldad en estos regímenes revela cómo el dolor ajeno era el combustible de su soberanía. El veneno de la Cerbera manghas contiene cerberina, que provoca una muerte agónica por paro cardíaco.
El ritual exigía que el acusado tragara tres trozos de piel de pollo; la «inocencia» solo se alcanzaba si el estómago devolvía la piel intacta. Por su parte, María I de Inglaterra ejecutaba una mecánica de horror no menos sofisticada: la hoguera pública. El proceso era una coreografía de la crueldad donde el sentenciado era cocinado vivo ante una multitud horrorizada en Smithfield. Mientras Ranavalona buscaba el colapso bioquímico del corazón, María buscaba la desintegración física de la carne. En ambos sistemas, el veredicto no dependía de pruebas, sino de una lotería de la muerte —biológica para una, ígnea para la otra— que despojaba al juicio de cualquier rastro de humanidad.
Ranavalona I y María I: entre la psicopatía narcisista y el vacío del alma
Desde la psicopatología forense, tanto Ranavalona I como María I presentaban los rasgos inequívocos de un trastorno sádico de la personalidad y un cuadro de psicopatía narcisista de gran escala. Estas mujeres poseían plena conciencia cognitiva —sabían perfectamente cómo manipular los hilos del miedo— pero carecían totalmente de conciencia moral. Su estructura psíquica les permitía planificar el daño con una precisión quirúrgica y disfrutarlo con una frialdad espeluznante.
Su comportamiento encarnaba un poder absoluto habitando en un constante divorcio de la realidad. La nuez del Tangena y la hoguera de Smithfield funcionaban como herramientas de ingeniería del miedo; no se buscaba la verdad, pues la verdad era irrelevante para las tiranas. Lo que se buscaba era la sumisión absoluta a través del terror. Aquel que se atreviera a brillar por su rectitud o por su integridad era inmediatamente arrastrado al cadalso, permitiendo que el veneno o el fuego hicieran el trabajo sucio que la razón jurídica jamás podría justificar bajo la luz del sol.
La injusticia como morisqueta fúnebre
La justicia bajo sus mandos fue una farsa sangrienta, una parodia del derecho que servía para validar la paranoia de una mente enferma de poder. Los supuestos triunfos de sus reinados, logrados mediante la trampa, el dolo y el exterminio de su propio pueblo, carecían de esencia real; eran apenas un jarrón lleno de oropeles brillantes que, al más mínimo contacto con la verdad histórica, revelaban su naturaleza de hojalata oxidada.
Ranavalona I y María I encarnaron la perversión máxima de la investidura real. Al usar la autoridad para la destrucción de la vida en lugar de su protección, convirtieron sus legados en una sombra eterna que aún hoy estremece a quienes estudian la ética y el derecho. Quien prefiere usar su cargo para la aniquilación del justo, solo encuentra la nada absoluta en el fondo de su alma, enfrentando en el final de sus días el inevitable crujir de dientes en la gélida soledad del averno moral que ellas mismas construyeron. No hubo gloria en su mando, solo un rastro de ceniza, el hedor del veneno y el eco amargo de una justicia que, al ser administrada por psicópatas, se convirtió en muerte pura.
«Cuando el juez se convierte en el alquimista del veneno, la justicia no es más que una morisqueta fúnebre ejecutada ante un pueblo que agoniza en el silencio del miedo.» — Dr. Crisanto Gregorio León
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario – Ex-sacerdote