A lo largo de la Historia siempre estuvieron mal vistos los holgazanes. Alertándonos por su presencia, Hesíodo escribió Los trabajos y los días para que tuviésemos cuidado de sustentar a estos parásitos, que son como los zánganos en las colmenas, devoradores de la miel que fabrican las abejas. Más tarde, San Pablo se enojó con los tesalonicenses: Me han dicho que hay entre vosotros miembros de la comunidad que no hacen nada… el que no trabaja que no coma. Inspirado en perezosos con posibles, escribió don Antonio Machado su Pasado efímero, rememorando a ese hombre del casino provinciano, que no es fruto maduro ni podrido, sino una fruta vana de aquella España que pasó y no ha sido, esa que hoy tiene la cabeza cana.
Entre tantos brazos caídos, celebro la voluntad y la inteligencia del profesor Barbacid, por ejemplo, que anuncia con humildad y firmeza los avances de su investigación en las mejorías del cáncer. Con los escasos recursos que la Administración Central ofrece, él, como muchos más en la sombra, muestran a “los comisionistas” una pedagogía de cómo ha de pasarse por la vida y cómo, desde tan gran servicio, puede esperarse la muerte.
Pedro Villarejo