Y supongo que ahora me toca volver a recordar a todos los que escriben comentarios a mis artículos que muchas gracias. Que hay que dar a conocer a la sociedad lo que sucede en las cárceles españolas, que hay que denunciar los abusos que se cometen en ellas, aunque algunos no lo crean o aunque si lo crean les dé igual o piensen incluso que poco es para esos criminales hijos de puta.
Dicho esto, continuaré con el comentario a este estupendo estudio sociológico. El trabajo estaba comentando las limitaciones del tratamiento al respecto del problema ideológico y de las condiciones de la cárcel.
Continúa el estudio hablando sobre las posibilidades, o mejor dicho sobre la infinita amplitud de posibilidades que debe tener el tratamiento ante la infinita tipología de delincuentes que habitan nuestras prisiones. Incluso la problemática sobre la necesidad de tratamiento de los presos que no necesitan tratamiento, personas que están perfectamente adaptadas a la sociedad, como por ejemplo los delincuentes ocasionales y algunos primarios, o la contraria, con aquellos presos en los cuales es muy difícil llevar a cabo cualquier planificación tratamental.
La siguiente limitación que presenta el tratamiento para los presos es la exigencia de voluntariedad, que no puede ser impuesto coactivamente. Y aquí volvemos a pasar a la ciencia ficción. La ley y el reglamento penitenciarios establecen claramente que el tratamiento es voluntario y que el preso puede negarse a participar en cualquier fase o actuación del mismo sin que ello conlleve ningún tipo de consecuencia disciplinaria, regimental o de regresión de grado.
Pero esto no es así. Y los presos lo sabemos. La Administración del Estado inyecta mucho dinero en las asociaciones que colaboran con Instituciones Penitenciarias, sobre todo con aquellas que se avienen a compartir esas partidas presupuestarias con el Patronato de Funcionarios Corruptos. Y así se obliga a los presos a participar en los “cursos” de violencia machista, de agresiones sexuales, etc., o si no se consigue de esa manera, se introducen en los ficheros los datos de internos que no participan en dichos “cursos” para cobrar las mordidas correspondientes.
A las asociaciones que no pasan por el aro y no pagan el “impuesto revolucionario” se las acusa de algo, de cualquier cosa, incluso penalmente de introducir droga y se las excluye del listado de personas afines a las cárceles españolas, o mejor dicho a llenar la bolsa de los “barandas” y sus secuaces.
Por supuesto, a los presos que no se avienen a participar se les deniegan los permisos, se les deniegan las progresiones de grado y si se ponen muy tontos se les invita a realizar una tournée por las cárceles españolas, lo que comúnmente conocemos en la prisión como “turismo penitenciario”. Lo cual implica que no vas a ver a tu familia, que no te van a clasificar en la vida, que no vas a tener calma, ya que no sabes cuando vas a cambiar de “resort”, etc.
Y así lo dejan claro los autores del libro cuando dicen:
“Pero la estimulación de la participación del interno en la planificación y ejecución del tratamiento puede dar lugar a coacciones indirectas si su aceptación por el interno obedece a las recompensas y los beneficios penitenciarios que pueda llevar consigo. Por ello, según entiende Manzanares, sólo habrá verdadera voluntariedad cuando los beneficios previstos se obtengan en consideración a la evolución y avance obtenidos. En el proceso resocializador, como consecuencia de la aplicación del tratamiento.”
Lo que tampoco he tenido ocasión de ver nunca en los ocho años que he pasado en prisión es que me hayan invitado a participar en la planificación y ejecución del tratamiento. Mi primera clasificación en grado, que fue sobre junio de 2026, a los dos meses de entrar, ni tan siquiera la vi, ni tan siquiera me la enseñaron los “profesionales” de la junta de tratamiento. La tuve que conseguir recurriendo al Juzgado de Vigilancia Penitenciaria en queja.
Así me enteré que mi tratamiento consistía en:
.- Consolidar los hábitos laborales .- Mejorar el nivel educativo.
¡Con dos cojones! Ingresé voluntariamente en prisión el 28 de abril de 2016 y el día 26 celebré mi último juicio en Logroño precisamente. Estuve trabajando hasta el último día, llevo trabajando desde los 18 años y me dicen esa pandilla de vagos y corruptos que tengo que consolidar mis hábitos laborales.
¡Mejorar el nivel educativo! Licenciado en Derecho, abogado desde el año 2004, profesor para Seguridad Privada en las áreas de armamento y tiro, explosivos, contraincendios y jurídica, Monitor de tiro, entrenador nacional de tiro olímpico, Director de Seguridad por la UB.
Con dos cojones. Algo había que poner y lo pusieron. Cuando le dije al juez que llevaba por aquel entonces que el tratamiento no existía, me contestó que como era eso posible si se había puesto lo que yo necesitaba. Eso era lo que observaban los equipos técnicos: una puta mierda. Y eso es lo que los jueces se implican. Otra puta mierda. El juez ascendió. Los miembros y “miembras” del equipo técnico también, creo que hasta alguna ha llegado a ser directora de la prisión de Logroño. La “baranda”. Con dos cojones. O con dos rodilleras.
(Continuará)
Alfonso Pazos Fernández
Alfonso, gracias por tu artículo. Doy fe de lo que cuentas como experiencia personal al respecto de las juntas de tratamiento. Es muy desagradable y frustrante descubrir la incompetencia del sistema por falta de voluntad. Lo que más duele, leyendo tu relato, es el daño que hacen a los internos. Además, te animo a que sigas sacando cosas a relucir para conseguir que tomemos conciencia de los errores para que no le pase a más gente y se hagan las cosas según derecho y no según el criterio del «jefe» de turno.
Otro artículo del señor Pazos poniendo de manifiesto la realidad carcelaria española.
Eso del tratamiento es un bulo. No hay.. todo es mentira en la cárcel.