El precio oculto de la economía de guerra israelí

5 de febrero de 2026
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Un niño palestino camina entre edificios destruidos por los ataques del Ejército de Israel contra la ciudad de Jan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza. | EP

Hoy, Israel camina por la cuerda floja, equilibrando la necesidad urgente de blindarse contra sus enemigos con el peligro real de asfixiar la misma prosperidad que intenta defender

Israel cambió su rostro ante el mundo y ante sí misma en un abrir y cerrar de ojos. Durante años, el país fue conocido como la Nación Start-up, ese lugar donde florecían aplicaciones de navegación, tomates cherry y avances médicos. Hoy, esa imagen se desvanece bajo el peso de una economía de guerra. El gobierno inyecta una cantidad de dinero tan inmensa en su maquinaria militar que las cifras marean, rondando los $100.000 millones de dólares. Pero detrás de los tanques y los aviones hay un debate silencioso sobre si esta montaña de billetes salvará al país o hipotecará su futuro.

Para entender por qué se gasta tanto, hay que mirar la situación como quien paga un seguro de vida extremadamente caro. Desde la perspectiva israelí, este gasto no es un lujo ni una opción; es el precio de seguir existiendo. Porque si no hay seguridad física, nadie querrá vivir allí, los turistas dejarán de ir y las empresas extranjeras cerrarán sus oficinas. Por lo tanto, cada dólar gastado en defensa se ve como el cimiento necesario para que la casa no se derrumbe. Sin esos muros de seguridad, argumentan los defensores del presupuesto, no hay economía posible que proteger.

Sin embargo, la historia económica advierte de que las billeteras nacionales no son infinitas. Muchos recuerdan todavía la crisis de los años 80, cuando el gasto militar descontrolado llevó a Israel a una inflación de locura, donde los precios cambiaban cada mañana y el dinero perdía su valor en las manos. El riesgo actual es similar con un Estado está usando su tarjeta de crédito al máximo. Pedir dinero prestado se vuelve más caro porque los bancos internacionales ven más riesgo, y cada moneda que se destina a pagar intereses de esa deuda es una moneda que no va a hospitales, escuelas o carreteras.

A esto se suma una paradoja curiosa con su sector estrella, la tecnología. Los mismos ingenieros y programadores que inventan el futuro en las empresas civiles son los reservistas que hoy visten uniforme. Cuando ellos están en el frente, las empresas se quedan vacías. A corto plazo, esto frena la economía. Pero hay una segunda cara de la moneda porque en Israel, la tecnología militar suele acabar en la vida civil. Existe la posibilidad de que los sistemas de defensa y láseres que se desarrollan hoy se conviertan en los productos exitosos de mañana, reciclando ese gasto militar en riqueza futura.

Pero quizás el punto más delicado de esta ecuación sea Gaza. Aquí es donde el análisis financiero cambia según el plan. Una cosa es gastar dinero en una operación militar intensa que tiene un principio y un fin, como quien paga una reparación costosa en casa. Otra muy distinta es quedarse. Si la estrategia implica mantener una presencia militar permanente en Gaza para administrar el territorio, el costo deja de ser un pago único y se convierte en una hipoteca mensual impagable. Gestionar el día a día, la seguridad y el orden en la Franja durante años será un agujero negro por donde se escaparán los recursos del país.

Hoy, Israel camina por la cuerda floja, equilibrando la necesidad urgente de blindarse contra sus enemigos con el peligro real de asfixiar la misma prosperidad que intenta defender.

Las cosas como son.

*Por su interés, reproducimos este artículo de Mookie Tenembaum publicado en Diario Las Américas.

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