Entre la vastedad de razones que nos mueven a considerar el Quijote como una de las mejores novelas de la Historia, figura la que puede considerarse más humana y, al mismo tiempo, más devastadora: la que junta realidades con sueños, alas con tierras y confunde, por tanto, Aldonzas con Dulcineas o gigantes con molinos de viento.
Son, al fin y al cabo, las dos almas en lucha de los seres humanos, las dos almas de los pueblos, las dos almas del alma. La alarmante pregunta que se deduce inmediatamente de esta dualidad inevitable es quién lleva las riendas que permita mantener el equilibrio entre lo que se vive y lo que se sueña.
El problema surge cuando “los valores de toda la vida”, vividos por generaciones enteras, faros para navegantes perdidos, quieren ser enterrados como viejas locuras. Los datos “objetivos” presentados a cambio están manipulados por sofismas canallas para confundir, intencionadamente, la verdad que buscan nuestros hijos.
Llevamos camino de no ser felices, como Borges expresó al final de su vida. Nadie podrá serlo si descubre que vive teniendo cordura de deseos entre experiencias vanas.
Pedro Villarejo