La lealtad es, quizás, la virtud más escasa y, por ende, la más valiosa en el inventario de las relaciones humanas. No se trata de una ciega obediencia ni de una complicidad silenciosa ante lo incorrecto, sino de la adhesión inquebrantable a los principios y a las personas que encarnan nuestros valores. En un mundo regido por la inmediatez y el pragmatismo utilitario, la lealtad ha pasado a ser vista por muchos como una pieza de museo, una reliquia de tiempos donde la palabra empeñada tenía el peso de una ley. Sin embargo, para el hombre íntegro, la lealtad sigue siendo el eje sobre el cual gira su dignidad.
A menudo, la traición se disfraza de «evolución» o de «necesidad», intentando justificar el abandono de los compromisos morales cuando estos dejan de ser rentables. Pero la lealtad puesta a prueba es la única que cuenta. Existe una ilación profunda entre la coherencia personal y la capacidad de mantenerse firme cuando el viento sopla en contra. Quien cambia de bandera según la dirección de la conveniencia, no posee una identidad propia, sino un disfraz de ocasión. La verdadera lealtad se manifiesta en el respeto a la ausencia, en la defensa del justo que no puede defenderse y en la constancia de los afectos que no dependen de la posición o del poder que el otro ostente.
Es necesario distinguir entre la lealtad y la adulación. El adulador busca el beneficio propio a través de la lisonja, mientras que el leal es capaz de la crítica constructiva y de la advertencia oportuna, pues su compromiso es con el bienestar y la rectitud del otro. En las instituciones, la falta de lealtad hacia los propósitos fundacionales conduce al caos y a la desmoralización del grupo. Cuando la traición se normaliza, la estructura social se debilita. Recuperar el valor de la lealtad como patrimonio del alma es el único camino para reconstruir la confianza en una sociedad que parece haber olvidado que el honor no se negocia ni se vende.
«El que es leal a sí mismo no puede ser falso con ningún otro hombre.» William Shakespeare
Dr. Crisanto Gregorio León Profesor Universitario