¡El infierno te está esperando! La sombra de la responsabilidad no es un espectro que se desvanece con el alba; es una presencia que se densifica a medida que la conciencia, ese tribunal interno ineludible, empieza a dictar su sentencia antes de que el cuerpo siquiera descienda a la fosa. Hay quienes caminan por el mundo pretendiendo una pureza de cristal, mientras sus manos no solo están impregnadas del lodo de la traición, el robo y la desidia, sino que están empapadas, chorreantes de sangre y llenas de un insoportable olor a muerte. Han llevado a otros al sepulcro con sus acciones y omisiones, cargando con el peso de asesinatos disfrazados de ejercicio profesional. Es una tragedia existencial que el hombre no comprenda que el cuerpo, al final, no podrá responder al espíritu cuando este sea reclamado por las profundidades del juicio eterno.
“No es el juicio lo que debe hacernos temerosos, sino la preparación para el juicio; porque allí no habrá abogados, ni dilaciones, ni excusas, sino la desnudez de tus obras gritando contra ti.” (San Juan Crisóstomo)
“Tiembla, alma mía, ante el tribunal de aquel que no se deja engañar por apariencias, y cuya sentencia no conoce apelación ni retorno desde el abismo.” (San Jerónimo)
Aquellos que hoy se lamentan, que no son más que demonios sueltos en la tierra con cara de inocentes —aunque su esencia sea puramente infernal—, saben perfectamente que regresarán al abismo por toda la eternidad a pagar sus cuentas. Sin embargo, mientras respiran, se regodean como pavos reales, ostentosos de su fuerza y de un poder terrenal que utilizan para cometer injusticias, infamias y actos propios de entidades malignas. Se pavonean en su soberbia, convencidos de que su maldad debe ser aplicada sin tregua; actúan como agentes del mal, auténticos ángeles del averno cual luciferes que no solo buscan demostrar ante los otros una suficiencia demoníaca, sino que también ejecutan sus actos para congraciarse entre ellos en su círculo de podredumbre. Pero hay una advertencia categórica para los que observan y callan: quienes los secundan, quienes les tapan toda esta maldad y estas acciones putrefactas, demoníacas y corruptas, al convertirse en cómplices necesarios, tendrán exactamente el mismo destino de fuego. No habrá distinción en el abismo para el artífice ni para su encubridor.
Observemos al juez y a la jueza que, movidos por el capricho y una soberbia ciega que los hace creerse superiores al resto de los mortales, han convertido el estrado en una maquinaria de injusticia. Para cuidar un cargo o para inflar frías estadísticas de productividad judicial, se dedican a condenar, condenar y condenar a gente inocente, ignorando deliberadamente los pilares del derecho. En lugar de aplicar la sana crítica, de respetar las leyes inviolables de la lógica, de guiarse por los conocimientos científicos y las máximas de experiencia, prefieren sacrificar la libertad y la vida ajena en el altar de su propia ambición o de su propio e inmensurable capricho jactancioso y prepotente. “Porque la soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”, como bien sentenciara el obispo de Hipona. Esas decisiones que dañan irreparablemente a otros son asesinatos morales que terminan en muertes físicas. Han violado el mandamiento sagrado: «No matarás». Por ello, sus nombres no están grabados en el libro de la vida del Cordero; sus nombres están grabados con hierro ardiente en el libro de la muerte del infierno.
Esta vileza sangrienta se extiende a otros campos. Miremos al arquitecto o el ingeniero que, por avaricia, sustituyeron el acero por la arena. Han construido tumbas donde la gente creía tener hogares; cada derrumbe es un homicidio múltiple que mancha sus manos para siempre. Asimismo, el médico indolente que trata la vida como mercancía, permitiendo que la enfermedad avance mientras él se jacta de un prestigio académico vacío de ética. Todos ellos cargan con el olor a muerte de quienes confiaron en su ética y recibieron la tumba como pago. No es lo mismo la muerte en la tierra que la muerte que se vive en el infierno, donde el morir es un acto eterno. En el abismo, la muerte no es un descanso, sino una agonía perpetua. Aquí, la guillotina de la consecuencia es real, y para los perversos, la sensación de las cuchillas de Freddy Krueger sobre el cuello es el preludio de su aniquilación. Es despreciable ver cómo estos personajes corren a esconderse bajo el manto de una supuesta persecución. Esa futilidad de la «llorantina» no es más que otro disfraz de su cobardía; quieren ser soberbios ante los hombres, pero son pusilánimes ante la proximidad de su destino final —EL INFIERNO—. El malvado utiliza el llanto para buscar una impunidad que los hombres podrían otorgar por error, pero que Dios jamás concederá. El diablo afila las garras con paciencia, pues la verdad es una cuchilla que corta hasta la médula, y nadie escapa de su filo cuando la maldad y la sangre han sido el norte de su existencia.
“Dios es paciente porque es eterno, pero no te engañes: su tardanza en castigar no es olvido, sino acumulación de ira para el día en que tu soberbia sea tu propio verdugo.” (San Agustín de Hipona)Doctor Crisanto Gregorio León, university professor