La desidia que provoca el daño es siempre inmoral, ajena a la cautela de los actos propios.
La ausencia como dilema.
En determinados días hacemos preparativos para recibir a quién sabemos que no vendrá. Ese espacio que no se ocupa procuramos llenarlo con la memoria, siempre frágil e incierta. Tratamos de suspender el tiempo fijándolo en un instante, y nos alejamos por un momento cambiando lo real por lo vivido. Es un encuentro personal entre nosotros y los ausentes, sin pretender ajustar cuentas.
De nuevo aquí, una vez más, descontando con vales caducados el resto del tiempo acumulado que nos acerca a los que se fueron. Estos en paciente espera.
Hemos dejado lastre por el camino, y cada vez importan menos cosas. Conservamos solo aquello que hemos identificado con esfuerzo después de tantas decepciones. Separado lo urgente nos quedamos con lo que no cotiza.
Si pudiéramos volveríamos sobre la palabra breve, la promesa no escrita, quemando el contrato que nos liga a la nada y a lo absurdo de la existencia. A veces añoramos lo desechado, la viruta de lo despreciado y el recorte de lo inservible. Descubrimos que valían más de lo supuesto y que aquello que considerábamos como auténtico no era nada más que una falsa baratija.
Cogemos el teléfono y marcamos sabiendo que al otro lado nadie volverá a contestarnos.