Unos amigos de mis padres en Veraluz, antes de casarse, ya solicitaron el teléfono que al fin les llegó cuando estaban organizando sus bodas de plata. En casa, sin embargo, lo tuvimos desde el principio y nuestro número era el 79, que en seguida aprendimos todos de memoria.
Nada más descolgar el manubrio de su gancho niquelado, aparecía la voz de Paquita o Antoñita, que se turnaban en el acomodo de las clavijas, para decirnos que había demora en nuestra llamada a las abuelas o a los tíos de provincias. Perezoso fue siempre el aire aquel que empujaba las ondas. Y todo era para decir que estábamos bien o si pensábamos ir las Navidades. Cosas así. La voz nos llegaba, pero con mucha demora. Nuestra madre pedía silencio a todos por si sonaba el timbre del teléfono y el murmullo no dejaba escucharlo
… En la España de hoy, llena de incompetentes y mafiosos, la honestidad sufre una demora inconcebible, un retraso inaguantable. Pareciera que tanto bochorno sucediese en otro país, como si las tragedias nos afectaran un poquito y nada más. Incomprensiblemente, nos hemos acostumbrado a la tribulación.