Difícil será que el nombre de Adamuz se descuelgue un día de la mejor memoria. En enero, con los campos por la escarcha fríos y el baile del amor danzando entre los sueños, un trozo de vía se desprendió de sí misma para que cuarenta y dos vidas llegaran al Paraíso antes de tiempo. La oscura candela de la noche llenó de sombras un pueblo de corazón encendido.
Adamuz está cerca de Córdoba, de Montoro, de Villa del Río, aunque las curvas de su carretera dificultan la cercanía que el pueblo entero ha demostrado en accidente tan terrible que pudo ser evitado. Cada lugareño llevó mantas, aceite, bocadillos; nadie en el pueblo pudo dormir ante el dolor de todos, nadie tuvo cuajo para desentenderse de las ayudas colectivas: cordobeses y personas de bien habían de ser.
El pueblo que se llenó de sangre y fue alivio del peor descarrilamiento debe ser reconocido con algún emblema que lo distinga, que los turistas vayan y se asombren de su grandeza. Adamuz es una lámpara nueva en el señorío de Córdoba, posada de los que van de camino, centinela eficaz de las tragedias.