La violencia de género no desaparece con los años. Tampoco se suaviza. En muchas ocasiones, simplemente se oculta mejor. Las mujeres mayores que la sufren lo hacen en silencio, atrapadas entre el miedo, la dependencia y el aislamiento, tres factores que convierten esta violencia en una de las más invisibles y menos denunciadas. Desde 2003, más de doscientas mujeres mayores de 61 años han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en España. Detrás de cada cifra hay una historia larga, sostenida en el tiempo y normalizada durante décadas.
La violencia que sufren muchas mujeres mayores no suele empezar con golpes. Se construye poco a poco, a través del control económico, la humillación diaria, el desprecio verbal o la negación de cuidados básicos. Es un maltrato cotidiano, prolongado y profundamente arraigado en relaciones donde el sufrimiento femenino se asumió durante años como parte del matrimonio.
Organizaciones como la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (CEOMA), la Plataforma de Mayores y Pensionistas o HelpAge coinciden en que muchas mujeres sí reconocen que viven situaciones injustas, pero no las nombran como violencia de género. La cultura en la que crecieron, el peso de los valores tradicionales y la idea de que “lo privado no se cuenta” siguen actuando como barreras poderosas.
Además, el edadismo juega un papel clave. La sociedad suele asociar la violencia machista a mujeres jóvenes o de mediana edad, dejando fuera a quienes envejecen. Cuando una mujer mayor muestra tristeza, ansiedad o aislamiento, con frecuencia se atribuye al paso del tiempo, no a una posible situación de maltrato. Esa confusión contribuye a que la violencia permanezca oculta, según Europa Press.
El aislamiento social es uno de los factores más determinantes. Muchas mujeres mayores viven solas, en entornos rurales o con redes sociales muy limitadas. A ello se suma la dependencia económica o física del agresor y la brecha digital, que dificulta el acceso a recursos de ayuda o a canales de denuncia.
La vergüenza y el estigma acumulados durante toda una vida pesan más que el miedo a continuar en una relación violenta. Denunciar supone romper con todo lo aprendido, exponerse y, en muchos casos, enfrentarse a recursos que no están pensados para ellas: alojamientos no adaptados, respuestas institucionales poco sensibles o profesionales que minimizan su relato.
Por eso, desde entidades especializadas se reclama un cambio profundo de mirada. Reconocer de forma explícita que la violencia de género no tiene edad es el primer paso. Formar a profesionales en la intersección entre género y envejecimiento, adaptar los recursos de atención y reforzar el trabajo comunitario puede marcar la diferencia entre el silencio y la posibilidad de una vida digna.
Hablar de estas mujeres es una responsabilidad colectiva. Nombrar lo que viven es empezar a romper el aislamiento. Porque ninguna vida debería apagarse en silencio.