Los reyes en el exilio suelen vivir agazapados, con economía propia o brindada por sus adeptos, aguardando una recuperación de tronos que casi nunca llega. En el Grand Hotel de Roma se le acabó la vida a Alfonso XIII, tan joven aún y tan disoluto; en el trono le sucedió su nieto, que fue de su abuelo un alumno aventajado.
De vez en cuando, reyes, príncipes y séquito se dejan ver en bodas, bautizos o entierros de colegas para decir a los demás y a sí mismos que ellos existen y están disponibles.
En el 78 Mohammad Reza Palhaví, enfermo de cáncer y desasistido por el presidente Carter, que apoyó sin cabeza al fanático Jomeini, salió de Teherán con su esposa Farah Diba y sus hijos, pequeños aún, viendo como todo alrededor se les moría.
Ciro, el primogénito, ha mantenido abiertos los ojos desde entonces aguardando, con diferente libertad a su antecesor, las riendas del poder si el pueblo iraní se lo demanda… Casi nadie allí le conoce, pero es la única referencia democrática posible, que el hijo del Sha ha de mejorar si su preparación y su cordura lo merecen.