¡Oh, mi querido lago! cuyas riberas tantas veces mis pies bañaron, hoy que experimentas las heridas del tiempo y el olvido, vengo a decirte lo que soñé. Cuando miraba mi rostro en tus aguas cristalinas, el chapuceo de la orilla besaba mi piel mientras el sol se asomaba tras su alcoba. Muero de pena en este delirio de inquietudes al verte hoy como un espejo empañado por los vertidos y el descuido. Vengo a pedirle a Dios, mirando al cosmos en sus excelsitudes, que aclare tus aguas y detenga la mano del hombre que, en su afán de extraer tus riquezas, termina por destruirte.
Se han olvidado de que en el interior de tu joyel palpitan seres vivos que mueren lentamente; han extraído tus «joyas» —esos recursos vitales que nos regalas— solo para dejar a cambio el rastro amargo de la destrucción. Que los espejos de agua en España dejen de llorar bajo mantos negros de contaminación. El Mar Menor, hoy herido en su esencia; las Tablas de Daimiel, sedientas por la sobreexplotación; el Lago de Sanabria, la Albufera valenciana y el Lago de Bañolas, no deben ser sacrificados en el altar de la codicia humana.
Es incomprensible cómo el hombre se alimenta de sus lagos y, al mismo tiempo, los asfixia. Se han olvidado de tus peces, esas criaturas con el iris del sol que saciaron el hambre y hoy solo conocen la sed del abandono. Vuestras hoyas, cual vientres donde se gesta la vida, están heridas por una ambición que no entiende de mañana, en un aborto de dolores que clama justicia en cada rincón de la península. Si vosotros morís de pena, las aves ya no tendrán espejo donde mirarse, llorando el crepúsculo sobre vuestro manto de lamento.
¡Despertad, aguas de España! Escuchad mi poema por vosotras, que aquí os traigo un canto de esperanza. Oh, lagos espejos de mil colores, que en los ancestros mitigaban las ansias, no permitáis que el silencio sea vuestro último latido. Quiero cantaros cuando resucitéis, leer en vuestras arenas la historia de días limpios y ver volar vuestras aves como en cristal pulido. Hasta luego, pronto volveré a cantaros, a besar vuestras orillas sanas, unido a una bandada de nácar para veros, al fin, despertar.
“La naturaleza no es un lujo, sino una necesidad del espíritu humano tan vital como el agua o el pan.” Edward Abbey
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario