En los últimos años, las bebidas sin alcohol o con bajo contenido alcohólico han dejado de ser una opción marginal para convertirse en una tendencia creciente. Cervezas 0,0%, vinos desalcoholizados, mocktails o kombuchas ocupan cada vez más espacio en supermercados, bares y eventos sociales. Su mensaje es claro: disfrutar sin riesgos. Pero la pregunta es inevitable: ¿son estas bebidas una alternativa saludable real o esconden matices que conviene mirar con atención?
Desde una perspectiva de salud pública, las bebidas llamadas no-lo (no o low alcohol) presentan un potencial interesante. Sustituir bebidas alcohólicas tradicionales por versiones sin alcohol puede reducir riesgos asociados al consumo, especialmente en situaciones sensibles como el embarazo, la conducción, la adolescencia o en personas con patrones de consumo elevado.
Además, su auge responde a un cambio social claro: cada vez más personas buscan cuidarse, reducir el alcohol y mantener hábitos compatibles con una vida activa. El crecimiento del consumo a través del streaming social —quedadas, celebraciones, ocio— ha hecho que estas bebidas se normalicen como parte de la vida cotidiana, sin el estigma de “no beber”.
Sin embargo, que no contengan alcohol no significa automáticamente que sean neutras o beneficiosas. Algunas mantienen altos niveles de azúcar, aditivos o reclamos de marketing que pueden inducir a una falsa sensación de seguridad. Por eso, los expertos insisten en que estas bebidas pueden ayudar, pero no son una solución mágica.
El debate se complica cuando entra en juego la publicidad. La Organización Mundial de la Salud ha advertido de un riesgo concreto: que las marcas utilicen las versiones sin alcohol para sortear restricciones publicitarias del alcohol tradicional. Esto permite que nombres asociados históricamente al consumo alcohólico aparezcan en espacios antes protegidos, como eventos deportivos, gimnasios o entornos familiares, según Infosalus.
Este fenómeno puede normalizar la presencia de marcas de alcohol en contextos donde antes no estaban, influyendo especialmente en menores y jóvenes. El envase cambia, pero la identidad de marca permanece. Aquí es donde surge la necesidad de una mirada crítica y de políticas públicas claras.
Los expertos proponen un enfoque precautorio: fomentar que las empresas sustituyan productos con alta graduación por alternativas sin alcohol, limitar la publicidad dirigida a menores, proteger espacios libres de alcohol y aplicar impuestos basados en el grado alcohólico. Todo ello sin perder de vista el objetivo principal: reducir los daños del alcohol convencional.
En definitiva, las bebidas sin alcohol pueden formar parte de un consumo más responsable, pero no deben aceptarse sin cuestionamiento. Como ocurrió con otros productos “alternativos”, conviene no dar por hecho que lo que ofrece el mercado es, por definición, lo mejor para la salud.
La clave está en el equilibrio, la información y una regulación que priorice el bienestar colectivo por encima de los intereses comerciales. Porque cuidar la salud también implica aprender a leer lo que hay detrás de la etiqueta.