Un mismo virus provoca síntomas distintos en adultos y niños

15 de enero de 2026
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Resfriado I Freepik

Las diferencias en el sistema inmunitario, la edad y las enfermedades previas explican por qué el mismo virus no afecta igual a todos

A muchas familias les sorprende ver cómo un virus apenas provoca mocos y algo de tos en un niño, mientras que en un adulto cercano desencadena fiebre alta, agotamiento intenso o incluso complicaciones respiratorias. La explicación no está en el virus, sino en cómo responde cada organismo. La edad, el estado del sistema inmune y las condiciones previas marcan la diferencia entre un catarro leve y una enfermedad grave.

La clave está en el sistema inmunitario

Los especialistas coinciden en que el patógeno puede ser exactamente el mismo, pero los “huéspedes” son distintos. Así lo explican expertos vinculados a la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC): la respuesta del cuerpo cambia de forma notable a lo largo de la vida.

De forma simplificada, el sistema inmune tiene dos grandes pilares. El primero es la inmunidad innata, una defensa con la que nacemos y que actúa de manera rápida e inespecífica. En los niños pequeños, esta respuesta inicial suele ser muy potente, lo que les permite eliminar muchos virus respiratorios con rapidez y limitar el daño.

La segunda es la inmunidad adaptativa, que se va construyendo con los años a partir de infecciones previas y vacunas. Aunque cuenta con memoria inmunológica, también se ve afectada por el paso del tiempo. Con la edad aparece la llamada inmunosenescencia, un deterioro progresivo de las defensas que hace que el organismo responda peor y, en ocasiones, de forma descontrolada, según Infosalus.

Este desequilibrio puede provocar respuestas inflamatorias más intensas y prolongadas en los adultos, lo que explica por qué algunos virus respiratorios generan síntomas más severos, mayor daño pulmonar y una recuperación más lenta. En palabras de los expertos, el virus no cambia; lo que cambia es el cuerpo que lo combate.

Edad, enfermedades previas y entorno: factores decisivos

Otro elemento clave son las comorbilidades, mucho más frecuentes en la edad adulta. Enfermedades como asma, EPOC, diabetes o problemas cardíacos facilitan que una infección aparentemente común derive en neumonía, insuficiencia respiratoria o descompensaciones graves. En cambio, un niño sano suele superar el mismo virus con síntomas leves y transitorios.

Desde la Sociedad Española de Infectología Pediátrica, los pediatras destacan que los niños, pese a infectarse más a menudo, desarrollan una inflamación menos intensa y más breve, lo que reduce el daño en los tejidos. Además, su organismo parece tolerar mejor cargas virales altas sin generar respuestas excesivas.

También influyen otros factores: la genética, el estado nutricional, el nivel de vacunación o incluso los receptores celulares que utilizan los virus para entrar en el organismo. Todo suma. Como señalan desde Atención Primaria y desde la SEMERGEN, el contexto importa tanto como el virus.

En la infancia, además, existe un contacto estrecho y continuado en guarderías y colegios, lo que explica la mayor frecuencia de infecciones. Sin embargo, esa exposición repetida también “entrena” al sistema inmune desde edades tempranas.

En definitiva, cuando un virus actúa de forma distinta en niños y adultos, no es una cuestión de suerte. Es el reflejo de un sistema inmunitario que evoluciona, se adapta y también envejece. Comprenderlo ayuda a normalizar síntomas, extremar cuidados en los más vulnerables y recordar que, frente a las infecciones, cada cuerpo responde a su manera.

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