¿Leen nuestros maestros? Un análisis sobre la aprehensión del conocimiento en el ejercicio del magisterio

12 de enero de 2026
2 minutos de lectura
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“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.” – Miguel de Cervantes

La aprehensión visual de la palabra escrita es apenas el umbral de un proceso psicológico complejo que debe comportar, con propiedad, la captación del conocimiento impreso. Como psicólogo, observo que leer no es un simple acto mecánico de reproducción de fonemas, sino una asimilación profunda del significado propio del discurso escritural. El lector auténtico debe ser capaz de inferir, abstraer, analizar y parafrasear, proyectando lo percibido a través de su sentido visual para permitir que el pensamiento madure en el proceso lector. El razonamiento de lo leído en función de su contenido requiere una dimensión contextual precisa; conocer la correcta significación de las palabras es vital, pues lo contrario desencadenaría una catástrofe informativa que desvincula lo leído con la realidad de su construcción gramatical.

La correcta modulación forma parte de la reproducción oral de la escritura, pero esto es un aspecto diverso a lo que aquí se desea puntualizar, como distinto es la lectura expresiva en el respeto de los signos de puntuación y la entonación pertinente. Saber leer es un proceso que va más allá de la correcta modulación y por tanto no debemos confundir la correcta reproducción oral de la palabra escrita con el significado que el lector adhiere mentalmente como una correspondencia entre lo escrito y lo entendido. Es frustrante para el hombre que el cuerpo no responda al espíritu, y del mismo modo, es estéril que el ojo recorra la página si la mente no abraza la idea. El ciudadano debe cultivar el hábito por la lectura, el precioso privilegio de degustar la palabra escrita, mediante el ejercicio edificante del intelecto como algo ordinario por común, no por vulgar, y la absorción rigurosa del significado del discurso escrito.

Correspondiéndole al magisterio el forjamiento en el alumno del hábito por la lectura, es deseable que el propio docente asuma un liderazgo en las destrezas para la aprehensión correcta del mensaje escrito con el captado intelectualmente por el estudiante. Así como el ejercicio físico fortalece la musculatura corporal, la lectura nutre el contenido intelectual del hombre, y su frecuencia optimiza la actividad neuronal proporcionando al lector una percepción decantada del espíritu de la escritura. Debemos aspirar a una educación donde la lectura no sea una obligación tediosa, sino la herramienta fundamental para la construcción de ciudadanos críticos y conscientes.

Bajo este enfoque, la formación continua en el magisterio se convierte en la piedra angular del progreso. Un docente que lee es un faro que guía a sus estudiantes hacia la libertad de pensamiento, evitando que caigan en la mediocridad de la incomprensión. La sociedad requiere de profesionales que dominen el arte de la interpretación, capaces de distinguir entre la información superflua y el conocimiento trascental. Solo a través de una lectura disciplinada y consciente, podremos elevar el nivel cultural de nuestras instituciones y garantizar un futuro donde la excelencia académica sea la norma.

Finalmente, el acto de leer debe ser entendido como un diálogo constante entre el autor y el lector, una danza de ideas que enriquece el alma y expande los horizontes de la razón. El compromiso con la lectura es, en última instancia, un compromiso con la verdad y con la superación personal. En la medida en que quienes ejercen el magisterio se conviertan en lectores voraces y reflexivos, sembrarán en las nuevas generaciones la semilla de la curiosidad y el respeto por el saber, cimentando así las bases de una civilización que valora la profundidad del pensamiento sobre la superficialidad de la palabra vana.

“La lectura es el alimento del alma y el motor que impulsa la evolución del pensamiento humano hacia la trascendencia.” – Doctor Crisanto Gregorio León.

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

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