Las grandes variaciones en la arquitectura socioeconómica y política del globo encuentran su sustento en el éxito de las campañas de lectoescritura. Sin embargo, en la era digital que habitamos, el manejo fluido del alfabeto debe complementarse obligatoriamente con la pericia tecnológica, permitiendo al individuo interiorizar los códigos de su tiempo y dilatar su capacidad cognitiva. El saber hoy es un engranaje donde la parcela del conocimiento digital se alimenta de la facultad de interpretar el entorno virtual. Es una realidad palpable que un colectivo instruido, capaz de cabalgar sobre los vertiginosos avances de la comunicación, goza de una percepción más aguda sobre su realidad y de una independencia superior para diseñar sus propias respuestas ante los desafíos del siglo XXI.
Partiendo de estos argumentos, se comprende que la formación de adultos es un resto generacional que demanda una Estrategia de Estado blindada frente a las fluctuaciones ideológicas o financieras. Es prioritario desterrar la improvisación y el empleo de fórmulas desfasadas que no sintonicen con la velocidad de la información actual. El propósito final debe ser la plena inserción del ciudadano en la sociedad del conocimiento, dotándolo de habilidades para labores que no solo le brinden sustento, sino que le permitan alcanzar una auténtica plenitud existencial en un mundo interconectado y globalizado.
Frente a esta necesidad, y ante la imparable sucesión de descubrimientos técnicos que marcan el rumbo del nuevo milenio, el aprendizaje destinado a la población adulta se erige como un deber social inaplazable. Quien no se actualiza en materia comunicacional corre el riesgo inminente de convertirse en un analfabeto funcional dentro de la red. Por ello, a la pedagogía moderna le corresponde un papel crucial: un esquema de formación global orientado a convertir a los ciudadanos en sujetos proactivos y capacitados que dominen las herramientas digitales para fortalecer el tejido productivo y la soberanía de la nación.
Es vital resaltar que todo lo anterior depende de una férrea determinación gubernamental; es obligación ineludible de las autoridades velar por el acceso al saber tecnológico, fomentando una atmósfera de libertad que sirva de motor para el estudio continuo. Bajo un modelo democrático que apueste por la excelencia académica y la alfabetización digital, el tejido social logrará finalmente su plenitud. Al cabo, el conocimiento es el único patrimonio que crece exponencialmente en el momento preciso en que se entrega a los semejantes a través de los nuevos canales de comunicación.
Finalmente, debemos entender que uno de los pilares más determinantes de la civilización contemporánea reside en la convicción de que la instrucción constituye la pieza clave para la dignificación humana. No se trata simplemente de una vía para la obtención de utilidades, sino de una raíz de donde brota la estabilidad colectiva. En la España actual, esta responsabilidad se traduce en la ambición de un sistema que logre una metamorfosis integral, permitiendo que cada individuo marche al ritmo de los tiempos y no quede rezagado ante el avance imparable de la tecnología.
“El analfabetismo es una venda impuesta; la alfabetización es el acto de retirar esa venda para ver el mundo con ojos de justicia.” – Doctor Crisanto Gregorio León.
Doctor Crisanto Gregorio León