En fastuosa coronación, orgullo de la Corte y del mundo, Mohammad Reza Pahlaví se mostró al mundo como Rey y emperador de Irán en 1967, junto a su esposa, la bella, serena y distinguida, Farah Diba. Dicen que las esmeraldas de la impresionante Shahabanu pertenecieron a la reina Victoria Eugenia de España, que necesitó venderlas para sobrevivir. No fue doña Victoria muy feliz con ellas, tampoco la emperatriz.
Entre aquella abundancia, el Sha tuvo la sensata intención de ir poco a poco occidentalizando su país, mejorando su nivel de vida gracias al petróleo y al apoyo de EE UU. Pero ya sabemos que en Estados Unidos, como el cualquier sitio, depende de quien gobierne como para que los desastres sean mayores o soportables y en ese tiempo Carter, que fue tan inútil allí como malvado resultó ser Zapatero entre nosotros, decidió abandonarlo en su propósito y dejar que Jomeini, un ayatolá fundamentalista y maléfico se hiciera con el poder en nombre de Alá que era, viendo los resultados, absolutamente inocente.
Más que por sus errores, que fueron muchos, el Sha cayó por una decisión del poderoso presidente, que nunca debió abandonar sus cacahuetes, como nuestro Zapatero en su soledad familiar las mezquindades.
En 1979, el endemoniado Jomeini impuso una República Islámica que se tradujo en el encadenamiento de un pueblo, especialmente a las mujeres dentro de sus velos, que nunca en España los partidos paladines de la democracia supieron condenar.
De ninguna manera las teocracias deben traducirse en gobiernos implacables. Ni siquiera en gobiernos. La fe, especialmente en las tres religiones monoteístas, debe ser una estrella que alumbre los comportamientos de los pueblos, si libremente así lo deciden. La fe no se impone, se elige; de lo contrario, vivir es una bastardía insoportable, como el que lleva una camisa de fuerza. El fanatismo de chiitas sunitas y demás derivados del islamismo son de difícil diálogo. A nuestros independentistas furibundos les sucede igual: si ellos deciden que Cervantes ha nacido en Bilbao que dejen de litigar los complutenses.
Difícil es olvidar la apostura del Sha, su esposa y sus hijos embarcando para un exilio impredecible. Viéndoles se recuerda a Baudelaire cuando exclamó que es preciso ser sublimes sin interrupción. La muerte daba la mano a Mohammad para subir al avión y que no le doliera tanto el cáncer. En pocos sitios podían permanecer. En todos los países eran huéspedes molestos… Qué tristeza, cuánta desolación cuando se cae en desgracia. Los seres humanos, que en tantas cosas hemos avanzado tanto, no conseguimos levantar el vuelo cuando se trata de sostener al caído, de ser samaritano en los apaleamientos. Egipto, la patria de su primera esposa, le cerró por fin los ojos: “¡Oh muerte, venerable capitana, ya es tiempo!”… de nuevo Baudelaire, viéndose ya sin mano donde apoyarse.
Ahora Jameini y los suyos, los desterrados de la dignidad y del sentido común, son los moribundos. Irán, envuelta en turbantes sin destino, clama por la vuelta del hijo del Sha, que ha vivido respetuosamente y preparándose para tomar las riendas si el pueblo lo pedía. Es lo suficientemente inteligente como para no repetir los errores de su padre y ofrecer una democracia honesta y convincente. La emperatriz vive entre los respetos de quienes la conocen. Las esmeraldas están en el museo, ya no las necesita. Alá les asista para que los iraníes crean de nuevo en la esperanza.
Pedro Villarejo
Lo de irán y reza palevi fue una salvajada. y Carter lo hizo fatal con la embajada. Era el ZP español
El collar de esmeraldas sería único y era español. Qué lastima…