A las monjas que alteraban sin motivo la buena convivencia en el monasterio, Santa Teresa de Jesús, con refinamiento irónico y feminismo acendrado, las llamaba “melancólicas”. Y para ellas, cuando la paciencia se desbordaba, tenía dos recetas incuestionables: o darles de comer, porque era hambre lo que tenían; o invitarlas a que se fueran con sus familias y extendieran en ellas la queja de sus laberintos psicológicos. El resultado que experimentaban los conventos con su marcha suponía una paz inenarrable.
Si bien en la política española destacan señoras de digna compostura, creatividad manifiesta y sabia independencia, existen dos o tres que se exigen a sí mismas llamar la atención con “melancolías” trasnochadas y comprobado absentismo intelectual… Son nuestras melancólicas, que se oponen a todo con acritud de tragos amargos y, aunque comen bien por la abundancia de sus honorarios, no se van porque se sentirían desasistidas en su deshonra.
También hay melancólicos pero, como son numerosos, sería difícil destacarlos en tanta brevedad.
Pedro Villarejo