Hay una tendencia casi instintiva en el ser humano a querer compartir no solo las alegrías, sino también las penas. Pero existe un lindero sagrado donde el sufrimiento
deja de ser un tema de conversación para convertirse en un santuario personal. Cuando digo que «mi dolor es mío», no lo hago desde el egoísmo o el aislamiento, sino desde la reivindicación de la propia soberanía emocional. Nadie puede sentir el peso de mi cruz con la misma intensidad con que mis hombros la sostienen.
Esta soledad del sufriente se agudiza ante lo que en psicología social se denomina el efecto espectador. Este fenómeno describe esa parálisis del alma humana donde, ante el dolor o la crisis de un individuo, la multitud observa pero no interviene. La responsabilidad se difumina entre la masa; cada testigo espera que sea el otro quien dé el primer paso, cayendo en una ignorancia pluralista donde el silencio de los demás se interpreta como una señal de que el sufrimiento ajeno no es urgente. Así, el alma humana a menudo solo mira y no ayuda, no siempre por maldad, sino por esa desconexión técnica que ocurre cuando la mirada se vuelve colectiva y pierde su humanidad individual.
Por ello, pretender que otros comprendan mi dolor a cabalidad es, muchas veces, invitar a una compasión superficial que termina por profanar el sentimiento. En este mundo de sobreexposición, el silencio se vuelve un acto de rebeldía. El dolor posee una gramática propia que solo el alma que lo padece puede traducir. Aceptar que el dolor nos pertenece es también aceptar la responsabilidad de transitarlo, sabiendo que, ante la mirada del espectador, nuestra angustia es una propiedad privada que nadie más puede administrar.
«Aquel que no ha sufrido, ¿qué sabe él? El hombre que no ha pasado por la tribulación sabe poco.» Ernest Hemingway
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario
Gran reflexión