Un niño, como tantos… Hizo añicos su juguete y llora desconsolado. Todas las piezas inútiles, esparcidas en un caótico desorden. Mira los pedazos con añoranza de lo que fueron y de lo que no podrán volver a ser.
Espera que voluntariamente acudan al lugar que ocuparon. Nada es ya posible.
El adulto se acerca. Sin inmutarse ordena los fragmentos, reconstruye y entrega restaurado el juego al niño que paciente espera mientras, ensimismado, observa como el gato mantiene el equilibrio en el fino alambre que conecta los edificios.