Entre pasiones y compasiones se balancean las pausas de la vida. Escribió Séneca que la vejez tiene la ventaja de ser la etapa en la que se atemperan los fuegos ingobernables de la carne porque –añado yo– interesa más la calmada cercanía del Paraíso.
En todas las épocas y en la mayoría de las personas las hambres piden ser satisfechas y nunca se contentan del todo con migajas. Al final terminamos siendo, como apunta Ángel González “el éxito de todos los fracasos”… A pesar de todo, con una pizca de hipocresía en el juicio, nos seguimos asombrando de las amantes o de las escapadas de personas que creíamos dignísimas, y que lo siguen siendo, si en su daño no están los inocentes. De todas formas, sí somos responsables de cualquier debilidad con consecuencias: debimos ir al gimnasio de los valores desde el principio.
El rey Carlos III de Inglaterra parece estar escandalizado por los desajustes morales de su hermano Andrés, como si él hubiese sido Santo Tomás Moro, tras reconocerse el trasiego adúltero de su matrimonio. Y antes.
La falta de disciplina en las riendas del propio carruaje lleva a los precipicios. Si se ha de corregir, empecemos por casa.
Pedro Villarejo