Ponemos al descubierto una figura que resulta tan trágica como absurda: el procesado convertido en objeto de entrenamiento. En la dinámica del boxeo, el punching-bag existe para absorber impactos; en este caso, Frigyes ha sido suspendido en el centro de un proceso para que el sistema ejercite sus músculos. No se le juzga por sus actos, sino que se le utiliza para demostrar una fuerza que el Estado, en su incapacidad real, no logra aplicar donde verdaderamente se necesita.
Desde que la defensa técnica asumió la representación, ha quedado de manifiesto una maniobra que evidencia una absoluta erosión de valores en los procesos judiciales. Se ha desterrado la ética para dar paso a una maquinaria que busca un culpable a cualquier costo, ignorando la esencia misma del derecho con tal de sostener una acusación, sin importar que el señalado sea, en realidad, un hombre inocente. Frigyes ha sido transformado en lo que el genio de Francisco de Goya inmortalizó en su célebre cartón para tapiz: el Pelele. En esa obra, vemos a un muñeco de paja sin voluntad, lanzado al aire por una multitud que ríe mientras lo golpea con una manta. Goya retrató ahí la fragilidad del ser humano frente al capricho colectivo y, hoy, ese lienzo cobra vida en los tribunales. Frigyes es ese Pelele, un maniquí que la judicatura lanza al aire para dar una impresión de actividad y justicia, mientras el verdadero culpable permanece en las sombras. Ante la presión de una sociedad que clama por respuestas frente a flagelos que las instituciones no han sabido mitigar, se ha optado por la vía del simulacro. Han tomado a Frigyes, lo han rellenado de culpas ajenas y lo han erigido como un símbolo sobre el cual volcar una sed de castigo que, por ser ciega, ha dejado de ser justicia.
Esta figura del Pelele se hermana con la tradición ancestral de la quema del hombre de trapo, aquel muñeco que representa la traición. Pero en este caso, el ritual ha sufrido una perversión macabra. Tradicionalmente, se quema al traidor para purgar la falta; sin embargo, en este proceso, el sistema ha fabricado un reo artificial. Han tomado a un inocente y lo han vestido con las ropas del agresor social para que la pira sea más vistosa y el escarnio más ruidoso. No se está juzgando al verdadero responsable; se está quemando la representación que el tribunal necesita para calmar a las fieras. Frigyes es el hombre de trapo sobre el cual se proyecta la rabia institucional, un receptáculo de paja y tela donde se vuelca el desprecio que el sistema no puede o no se atreve a dirigir hacia los verdaderos victimarios.
Frigyes es el chivo expiatorio sobre el cual se proyecta esta furia. Se le golpea procesalmente una y otra vez, no por la solidez de las pruebas —cuya orfandad es absoluta en este expediente— sino porque el sistema amordazante requiere de un blanco visible. Es la reedición del niño de los azotes; ese infante que en las cortes antiguas recibía el castigo físico que el príncipe merecía, pero que nadie se atrevía a ejecutar sobre el verdadero responsable. Aquí, Frigyes recibe los golpes destinados a todos los culpables que caminan libres por la ineficacia de las investigaciones.
Para los operadores de este engranaje, no parece importar el hacinamiento infrahumano ni las graves amenazas a la integridad física que Frigyes enfrenta día tras día. Las vicisitudes y los riesgos constantes contra su propia vida en el encierro son tratados como un daño colateral más de una injusticia que se prolonga. Lo que importa para este mecanismo es que el maniquí resista, que el espectáculo continúe y que el fuego del juicio parezca purificador, aunque lo que se esté consumiendo sea la vida de un inocente en condiciones de vulnerabilidad extrema. Se ha pretendido «quemar al muñeco» para calmar a la opinión pública, olvidando que debajo de esa armadura de paja que el sistema le ha impuesto para que parezca un culpable, late el corazón de un hombre en peligro real.
La defensa técnica sostiene que la justicia no puede ser una catarsis de odio coordinado. Convertir a un ciudadano en un saco de arena para entrenar la soberbia institucional, o en un Pelele de Goya para el escarnio público, es un retroceso civilizatorio. Seguiremos procurando la libertad de Frigyes, denunciando esta teatralidad del castigo y esta quema simbólica de un inocente, hasta que la verdad desmonte el andamio de esta farsa y el hombre recupere su dignidad, dejando de ser el blanco de una justicia que, al ensañarse con él, se ha vuelto pagana.
«Cuando se busca un culpable a toda costa, la verdad es la primera víctima que se lleva al matadero.»
Doctor Crisanto Gregorio León