Como un San Sebastián indefenso Miguel Hernández murió en la cárcel de Alicante, lleno de humedades y desvelos, envuelto en llamaradas de sangre. Porque su muerte llegó también con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida.
LA DEL AMOR nunca dejó de sangrarle. Cuando conoció a Josefina Manresa con 17 años ella, se le clavó su aguja de coser voluntades y desprecios al no tener quien guiara sus acelerados pasos de poeta. Conocía sólo el carácter duro de la tierra y el de su padre, que prefería a su hijo cabrero en lugar de estudiante.
Pronto encontró el amor de amigos en las personas de don Miguel Almarcha, sacerdote de miradas proféticas que en seguida reconoció la valía de aquel muchacho en alpargatas: máquina de escribir, libros de Quevedo, de San Juan de la Cruz… libros y más libros regalados por el cura que en la mochila se perfumaban con el olor a monte y a leche recién ordeñada de sus cabras con las que Miguel subía hacia los montes de Orihuela, buscando su abrevadero de sueños. El alma se le fue haciendo de bondades ruidosas que él declamaba al bajar después de haber encontrado en los libros el tesoro de las mejores palabras.
Amigos grandes, de alma toda, fueron Vicente Aleixandre, que recibía de Miguel naranjas para su debilidad. Y Ramón Sijé, del que en la próxima entrega hablaremos, con el que se asomaba a la fe, al conocimiento de lo extraño y equilibraba la mesura de sus desmedidas.
Testigos aseguran que en la cárcel, para regalarle a Josefina su última ternura aceptó casarse desde la bendición eclesial de don Miguel, que había intentado junto a Cossío y otros amigos, liberarle de aquella esclavitud inmerecida. Antes de que llegara la boda escribió en papel higiénico sus Nanas de la cebolla:
“Tu risa me hace libre, / me pone alas, /soledades me quita, /cárcel me arranca”…
Nadie ha descrito como él las hermosuras del hambre, que siempre es llanto, desolación repetida. El hijo que murió temprano dulcificó la cebolla desde el pecho azul de su madre, que transformaba en leche el poco alimento que le llegaba.
Aunque amores femeninos parece que no le faltaron al poeta, la demasía de su corazón sólo pudo ser volcada en Josefina Manresa, que nació en Quesada, provincia de Jaén, hija de un guardia civil, la única receptora de sus últimas palabras: “Josefina, qué desgraciada eres”, mientras Antonio Buero Vallejo le pintaba a lápiz el retrato en cuyo sufrimiento todos quedamos dibujados.
A los pocos que en su postrer suspiro pudieron escucharle les encomendó: “Despedidme del sol y de los trigos”.