Al preguntarle a un querido amigo qué pensaba hacer con los millones que acababa de cobrar gracias a su número premiado, me contestó que pensaba comprarse tres pisos en las zonas nobles de tres ciudades: Barcelona, Bilbao y Pamplona. Las intenciones de su inversión no iban más allá que colocar banderas de España en sus balcones y asomarse en ellos tocando la zambomba, aunque en ese momento no fuese Navidad. Y, en las horas legislativamente correctas con los decibelios ajustados al rigor, poner el disco famoso de Manolo Escobar Que viva España.
Trataré de convencer –me dijo— al muy honorable Presidente de la Generalidad de que, si aceptara en lo íntimo su nacionalidad española, brillaría en su rostro una sonrisa deliciosamente seductora.
Su segundo intento pasa por aprender esa lengua musical y suave, que casi nadie habla en Vascongadas, por temor a que una afonía, consecuencia del esfuerzo, se instale para siempre en su garganta. Y la bandera española claro está.
La tercera propuesta, seducir a la señora que preside Navarra, presentándole otras empresas distintas a las de Servinabar. Y la bandera de España que no falte.
Pedro Villarejo