España entera se ha detenido ante la corrección luminosa de una senadora del BNG a la ministra de los incendios. “Me duelen los oídos de escuchar Orense y no Ourense, porque Orense no existe” ha respondido en su apelación la señoría, seguramente más lúcida, que se pasea por la Alta Cámara. Si Orense no existe tampoco ella está en condiciones de representarlo.
Almorzaba en una ocasión con familia entrañable que, al parecer, ese día habían sostenido entre ellos un desencuentro importante. Después de servir una merluza en salsa verde con angulas alrededor, la señora de la casa me pidió disculpas por su prolongado silencio debido a un “insoportable dolor de cabeza”. Su esposo saltó de pronto, como si estuviese esperando un cuchillo para cortar la idea: “Imposible, querida, el vacío no duele”… Y se quedaron frías, en el plato grande, las más sabrosas tajadas del pescado.
A la significativamente dolida senadora le recomiendo un otorrino intelectual. Porque lo suyo no es dolor de oídos, sino dolor de ausencias: el vacío que zarandea su palabra es de una oquedad tan extrema que será muy difícil llenarlo a estas alturas.
Pedro Villarejo