El refugio que desafió al olvido

17 de julio de 2025
3 minutos de lectura
Vista desde el Refugio Elorrieta, Capileira, Granada (España) / Fuente: Página web Docomomo Ibérico

JUAN CARLOS GARCÍA DE LOS REYES

40 años de la Ley del Patrimonio y una historia de alta montaña

Juan Carlos García de los Reyes, en su blog La Ciudad Comprometida, sostiene que su amiga dice que nada ocurre por azar, sino por causalidad. Y aunque al principio suene a filosofía de sobremesa, lo cierto es que hace unos días lo entendí mejor que nunca. Pero vayamos al principio.

Este verano se cumplen 40 años de la entrada en vigor de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español (LPHE), un hito que supuso un giro hacia la modernidad en la protección de nuestra herencia cultural. Años después, en 2007, la Junta de Andalucía reforzó ese marco con su propia ley autonómica.

Ya desde su preámbulo, la LPHE proclamaba con rotundidad:

“El Patrimonio Histórico Español es el principal testigo de la contribución histórica de los españoles a la civilización universal y de su capacidad creativa contemporánea…”

Con ese telón de fondo, decidí regalarme una escapada. Me fui a la montaña, a respirar aire puro y renovar energías. El destino: el Refugio de Elorrieta, en la línea de cumbres del Parque Nacional de Sierra Nevada, a 3.187 metros de altitud, en el término municipal de Capileira. Allí se alza, aún desafiante, el refugio más alto de Europa.

Pero aquí entra en juego la causalidad. Aquella misma mañana, mientras tomaba café antes de la subida, me topé en LinkedIn con un artículo que recordaba la efeméride de la LPHE. Y claro, enseguida me vino a la memoria una vieja polémica: la pretensión de demoler el Refugio Elorrieta.

Una demolición que desató la tormenta

La Dirección del Parque Nacional propuso su derribo para “renaturalizar” la zona, ignorando el valor arquitectónico del edificio, adscrito al Movimiento Moderno. Contaban incluso con el respaldo de la Federación Andaluza de Montaña, que defendía que las instalaciones no debían situarse en cotas tan elevadas.

La respuesta no se hizo esperar: centenares de montañeros granadinos se movilizaron, defendiendo que estos refugios eran mucho más que simples albergues. Se organizaron campañas, se grabaron documentales y se creó una cadena humana de 400 personas alrededor del edificio, un gesto que aún emociona.

El eco de esta defensa alcanzó a la Fundación DOCOMOMO Ibérico, que lo incorporó a su inventario, describiéndolo como un ejemplo de arquitectura extrema tradicional. Su construcción con materiales locales, su integración con el paisaje y su funcionalidad lo convierten en un referente único de la arquitectura de alta montaña.

Lo cierto es que el refugio se salvó gracias a una acción previa, aparentemente desconectada: su catalogación como bien de valor arquitectónico y etnológico dentro del Plan de Ordenación y Protección del Barranco del Poqueira. Una catalogación que, casualmente, tuve el privilegio de impulsar años atrás, en el marco de mi trabajo como arquitecto y urbanista.

Fue eso lo que blindó legalmente al refugio. Y en ese momento entendí que todo había estado conectado: la ley, la montaña, mi propia profesión, y ahora, el aniversario.

Un encuentro inesperado

Pero la causalidad aún me tenía reservado otro regalo. En la ruta nos cruzamos varias veces con un montañero silencioso, ya mayor, al que apenas arrancamos un saludo. En el último tramo de la jornada, por fin conversamos. Nos contó historias de su vida como profesor de Física en la Universidad de Granada y como enamorado de Sierra Nevada.

Al despedirnos, nos presentó su nombre: Eugenio Fernández Durán. Nos confesó que fue coautor del mítico libro “Sierra Nevada” del Padre Ferrer, una joya para cualquier amante de estas montañas.

Esa noche, ya en casa, abrí el libro que siempre tengo junto al sofá. Y allí estaba: su nombre, su historia, su huella. Una causalidad bellísima.

Así que, querida María García Pizarro, esta historia no fue fruto del azar. Fue un tejido de coincidencias que, al mirar con atención, revelan su lógica interna. Y la lección es clara: el patrimonio hay que protegerlo antes de que arrecien las tormentas.

Porque, a veces, las cumbres guardan mucho más que silencio y viento. Guardan memoria. Y también, justicia.

1 Comment Responder

  1. Estimado Juan Carlos,

    He leído con emoción tu artículo y no puedo más que agradecerte profundamente tu sensibilidad y tu compromiso con el patrimonio que Sierra Nevada aún nos concede.

    El relato que compartes no solo honra el papel del Refugio Elorrieta como hito de la arquitectura de alta montaña, sino que entrelaza con maestría memoria, urbanismo y destino. Como bien apuntas, su salvación no fue casualidad, sino fruto de un tejido de acciones, pasiones y decisiones —algunas tomadas incluso muchos años antes— que hoy cobran sentido al mirar atrás.

    Desde mi propia investigación y vivencia, recogida en El Refugio Elorrieta. Herencia Superviviente de Sierra Nevada, he podido constatar que este edificio no es solo una construcción física: es símbolo de un tiempo, de una forma de habitar la montaña, de una voluntad técnica y humana que supo desafiar lo inhóspito con ingenio y tesón. La historia que tú impulsaste desde la planificación y la protección legal fue, sin duda, una de las claves que hicieron posible que hoy aún podamos contemplarlo.

    Gracias por compartir esta historia, por recordarnos que el patrimonio se defiende antes de que lleguen las tormentas, y por seguir inspirándonos con tu visión comprometida.

    Un fuerte abrazo,
    Cristóbal Adrián García Almeida
    Arquitecto y autor de El Refugio Elorrieta. Herencia Superviviente de Sierra Nevada

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