Verdades espirituales

21 de febrero de 2025
3 minutos de lectura
La bandera de Venezuela. | Flickr
JORGE EUCLÍDES RAMÍREZ

Querer hacer algo para rescatar la democracia pasa por entenderse con quienes son vanguardia civil de la lucha por el cambio, con la gente que milita en las organizaciones políticas, los partidos que confesamente buscan cargos de representación pública y con otras que desde diferentes sectores de actividades también aspiran tener poder para proteger los espacios que controlan.

De esta manera y sin que lo imaginen todos juegan sobre el tablero de interrelaciones de dominio y equilibrio sobre el control societal, muy bien estudiado por Gramsci. Las manos que mueven las piezas de este ajedrez son las aspiraciones de los líderes de cada partido o grupo, involucrado en el proceso de dejar al resto de competidores sin espacio para que muevan su rey.

Entrar en este tablero sin aspiraciones y solamente con el propósito que todas las figuras se unan para salir de ese tablero de competencia interna y alinear todas las piezas para triunfar contra el opresor que nos mete y saca de la caja cuando le da la gana, es tarea dura y peligrosa para quienes lo intenten porque las piezas parecen, en su mayoría, ser hechas con la misma madera que Geppetto uso para tallar a Pinocho.   

Entonces para prevalecer en este intento de buscar armonía dentro de  las muchas y variadas aspiraciones entrecruzadas, es necesario subirse a una roca que no se mueva por el empuje de las diferentes corrientes de agua y desde allí enfrentar la envidia, los chismes, la malicia y en general la banalidad del mal como oficio de quienes solamente buscan destruir para alimentar su ego diabólico-. Esta roca es la verdad y ninguna más fuerte que la espiritual. Sobre estas verdades espirituales invoco y me refugio en los recuerdos.

Uno de los libros más hermosos que he leído me lo regaló mi madre, Carmen Elvira de Ramírez, en momentos cuando más amenazas espirituales se cernían sobre mis convicciones católicas. Corrían los primeros años de la década de los setenta y me encontraba inmerso en lecturas y polémicas sobre el tipo de socialismo que desde la Universidad pretendíamos modelar para el país y aunque jamás me identifique con estas ideas percibía en ese pensamiento social  un soplo de justicia e igualdad indispensable para remozar la ya para entonces anquilosada democracia. 

No obstante y el reconocimiento de este nuevo socialismo a los católicos como agentes del cambio social, siempre me sentía en desventaja cuando tenía que confrontar la simplicidad de actos místicos como la oración, frente al formidable despliegue teórico de epistemólogos que convertían a nuestro ángel de la guarda en una patología freudiana.

Colocado en los límites del ateísmo «Mamaíta» puso en mis manos Cartas del Desierto, un pequeño y sencillo libro donde Carlos Carreto , presenta el testimonio maravilloso de cómo encontró su plenitud vital al desnudar su ser de los artificios de la intelectualidad y emprender la ruta creada por Charles de Foucauld, de caminar descalzo por el desierto para encontrar a Dios entre los más pobres, con desprendimiento absoluto de cosas e ideas que pudieran interferir ese diálogo silencioso e íntimo con las esencias más profundas del alma cósmica, con Dios. 

Descubrió Carreto y nos lo revela mediante un texto llano pero envolvente que el procesar ideas con dotes de inteligencia puede convertirse en un falso orgullo que agrada al ego pero encoge al corazón. De esta manera, armado con este conocimiento de que las verdades del espíritu no necesitan explicación ni admiten disquisiciones filosóficas o sociológicas, encontré la posición perfecta para responder a las arremetidas teleológicas de los doctores del Bellas Artes…el silencio.

Los miraba a los ojos, les sonreía y desde ese sitial de fe los sentía perdidos en un laberinto de contradicciones conceptuales dentro del cual se abrían miles de puertas intelectuales sin encontrar ninguna que condujera a la esperanza, mientras que en mi silencio Dios me conducía a través de la fe hacia verdades absolutas, fundadas todas sobre el amor. 

Pero más allá de este beneficio coloquial Cartas Del Desierto me impactó por la revelación que nos hace Carlos Carreto de sentir la Eucaristía en mitad del desierto. De encontrarse de pronto dentro de grandes espacios cobijado por la paz y la dulzura de la intimidad con Dios. Y este poder sentir el amor de Jesús en todas partes es algo que está al alcance de quienes puedan liberar su alma de los intereses temporales y entregarse sin miedo a la aventura de vivir sin apetencias, confiando nada más en el Padre Nuestro, oración que provee de todo lo necesario para quien cumpla al pie de la letra su contenido.

Oremos entonces…Padre nuestro que estás en los cielo…santificado sea tu nombre…venga a nosotros tu reino…hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo…perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…no nos dejes caer en la tentación…líbranos de todo mal y nutre nuestro corazón de amor para hacer frente a todas las adversidades… Amén.

*Por su interés, reproducimos este artículo de Jorge Euclídes Ramírez, publicado en El Impulso.

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