Una juez afgana, refugiada en Madrid, a un niño terrorista: «¿Si te suavizo la pena, cambiarás?». «No, me inmolaré para matarte por hereje», respondió

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Las juezas afganas en el palacio de Santoña.

Escribía hace unos meses sobre la toma de los talibanes de la ciudad afgana de Kabul. Eran días en los que los medios de comunicación se hacían eco una y otra vez del suceso. Esta semana, sin embargo, reviví la noticia y me di de bruces con la realidad. Experiencias que te regala la vida y que te generan la obligación de compartirlas y hacer partícipes a quienes deseen leerte.


La Corte de Arbitraje de Madrid (CEA Mujeres), la Asociación de Juezas de España (AJME) y la Asociación Internacional de Juezas (AIJM) organizaron un encuentro con juezas afganas exiliadas en España. El patrocinio del mismo, quedó a cargo de numerosos despachos de abogados, que decidieron apoyar el evento surgido de la iniciativa de Raquel Ballesteros Pomar. Difícilmente, un marco tan majestuoso como el Palacio de Santoña, sede de la CAM, podían presagiar un evento tan impactante como el que se vivió el pasado martes.


Veinte años de presencia estadounidense en Afganistán, acabaron el 15 de agosto del verano pasado. Un tiempo en el que la esperanza de ser libres, era el sentimiento imperante en millones de personas cuya interpretación más estricta de la ley islámica (la sharía), les había mantenido alejados de cualquier resquicio de derechos políticos, legales o sociales. Precisamente, en este tiempo de esperanza, se formaron las 6 juezas protagonistas del evento: Nazima, Helena, Suraya, Gulalai, Friba y Safia. Durante este tiempo, en calidad de juezas del TS de Afganistán, del Tribunal de Policía primaria de Kabul; o en su ejercicio como juezas de delitos especiales de seguridad, de violencia de género o de familia, pudieron erigirse en aplicadoras e intérpretes de la ley.

«Los tiempos en los que podía palparse la libertad»

Fueron partícipes de un incipiente Estado de Derecho, en el que podía soñarse y palparse la libertad. Pero en el ejercicio de su profesión, era habitual lidiar con situaciones como la que compartía la jueza Suraya: «Recuerdo el caso de un joven terrorista que se parecía a mi propio hijo. Yo le preguntaba: «¿Si te doy una sentencia leve, te comprometes a cambiar?» Y ese mismo chico decía: «no, nosotros vamos a cometer un acto suicida para poder matarlas a ustedes, porque ustedes son herejes y están colaborando con Estados Unidos, por lo que matarlas es una responsabilidad moral que tenemos que ejercer».


Fueron muchos los testimonios que merecerían ser recogidos. Si bien, quería transcribir este porque me ayuda a trasmitir la siguiente reflexión: Cada región del planeta tiene una cultura propia, una idiosincrasia única que la hace diferente e inigualable. Proteger esa identidad es un derecho, pero en el que siempre ha de primar un elemento común a todos: la libertad. Esta última es el pilar del régimen de Derechos Humanos, en el que no hay lugar para atrocidades como la venta de órganos, o la de niños y mujeres.
Desde una perspectiva jurídica, podrán facilitarse los procedimientos de asilo, enmendarse la Convención de Ginebra de 1951 o la legislación en materia de protección internacional; pero a mi modo de ver, no es suficiente, y no constituyen una solución al auténtico problema. En el último turno de palabra, se les pedía a las juezas afganas una petición para la Comunidad Internacional, en su labor como garantes de los Derechos Humanos. Así, llegados a este punto, considero inevitable la referencia a instituciones como Naciones Unidas o la Unión Europea.
Como es sabido, Naciones Unidas surgió tras la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de salvaguardar la paz y seguridad en el mundo. Pero en el contexto global actual, ¿podemos decir que está siendo eficaz su labor?, o ¿acaso la labor de los organismos internacionales parece que acabó con el derrocamiento de Al-Qaeda y el posterior control de Kabul en 2001? Quizá las motivaciones e intereses políticos ya no son suficientes para dejar de volver la espalda a las evidentes vulneraciones de Derechos Humanos que sigue padeciendo nuestra sociedad.


El 1 de diciembre de 2009, entraba en vigor la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE. En ella, se recogían mediante seis capítulos los siguientes valores: dignidad, libertad, igualdad, solidaridad, ciudadanía y justicia. Los mismos seis valores que ya consagraba el art. 2 del Tratado de la Unión como configuradores de ésta. Mismos derechos sobre más papel. ¿Pero cuándo van a pasar los 27 de la teoría a la acción? ¿O piensan también los Estados Miembros seguir la estela del resto de la comunidad internacional y no amparar la defensa de los valores que presuntamente los configuran como un todo?


Con Afganistán, la comunidad internacional vuelve a tener el reto de garantizar los Derechos Humanos. Y los ciudadanos, debemos recordárselo. Aquí reside la importancia de iniciativas como la celebrada el pasado martes. Los grandes cambios, comienzan con pequeños actos. Como decía Abraham Lincoln, “no se puede escapar de la responsabilidad del mañana evadiéndola hoy”. Y desde el sector del Derecho, o desde cualquier otro, todos somos responsables de construir una sociedad mejor.

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