Con la llegada de la primavera, muchas personas empiezan a notar picor en los ojos, enrojecimiento o una sensación constante de molestia. Es habitual pensar que todo se debe a la alergia, sobre todo en una época en la que el polen y otros alérgenos están más presentes en el ambiente. Sin embargo, no todos los síntomas oculares responden al mismo origen, y saber diferenciarlos puede evitar errores en el tratamiento.
El doctor Héctor Fariña, jefe del Servicio de Oftalmología de la Policlínica Gipuzkoa de San Sebastián, insiste en que hay una señal especialmente importante para distinguir una infección de una alergia: la secreción ocular. Cuando aparecen legañas abundantes o el paciente se despierta con los párpados pegados, lo más probable es que no se trate de una reacción alérgica, sino de una conjuntivitis infecciosa.
En cambio, la alergia ocular suele manifestarse de forma distinta. El síntoma más característico es el picor intenso, normalmente en ambos ojos al mismo tiempo. A esto se le puede sumar enrojecimiento, hinchazón de los párpados e incluso una sensación de irritación continua. Entre los desencadenantes más frecuentes están el polen, los ácaros, el polvo en suspensión, el contacto con animales o algunos cosméticos.
Las infecciones, por su parte, pueden ser víricas o bacterianas y tienden a presentar una evolución más llamativa. A menudo comienzan en un solo ojo y luego pueden extenderse al otro. La clave está en esa secreción que obliga a limpiarse varias veces al día y que deja el ojo “pegado” al despertar. Ese detalle, aparentemente menor, es en realidad uno de los signos más útiles para identificar una infección ocular.
No prestar atención a estos síntomas puede hacer que el problema empeore o que se use un tratamiento inadecuado. Por ejemplo, una persona con infección puede pensar que tiene alergia y recurrir solo a colirios antihistamínicos, cuando en realidad podría necesitar antibióticos tópicos si se trata de una conjuntivitis bacteriana.
Además, hay otras molestias que pueden confundirse con ambos cuadros, como el lagrimeo constante, la sensibilidad a la luz o la hinchazón palpebral. En estos casos también puede influir la sequedad ocular, un problema cada vez más frecuente por el uso intensivo de pantallas y que afecta a muchas personas, especialmente cuando se combina con procesos alérgicos.
Por eso, los especialistas recomiendan mantener una buena higiene ocular, usar lágrimas artificiales cuando sea necesario, parpadear con frecuencia al trabajar frente a pantallas y reducir la exposición a alérgenos. Estos hábitos sencillos pueden marcar una gran diferencia en el día a día.
Lo más importante es no normalizar el malestar ocular cuando persiste. Si el picor no desaparece, si aparece secreción o si la incomodidad va a más, conviene acudir al oftalmólogo. Una detección precoz permite aplicar el tratamiento correcto y evita complicaciones innecesarias. En salud ocular, como en tantas otras cosas, actuar pronto puede marcar la diferencia.