No sabemos si Donald Trump y su proyecto de hacer otra vez grande a América (MAGA) acabará como el rosario de la aurora, pero hay una cosa que sí podemos intuir y es que difícilmente la Unión Europea vaya a trabajar para que termine así.
El primer año de Trump empezó por su guerra interior en Estados Unidos contra los inmigrantes. Para ello rediseñó el Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE), creado en marzo de 2003, por el presidente George W Bush, en coincidencia con su orden de invadir Irak, hasta convertirlo en que ya es un cuerpo policial-militar que goza de inmunidad.
Esta semana, precisamente, después del ataque a Venezuela, el 3 de enero de 2026, las tropas de asalto de la ICE, mataron, el día 8, en Minneapolis (estado de Minnesota) a la norteamericana Renee Nicole Good, en una ronda callejera, al tiempo que la policía, el FBI, ingresaba con una orden de entrada y registro judicial a la residencia de la periodista Hannah Natanson, de The Washington Post.
Esta conexión de hechos nos indica lo siguiente: la guerra que impulsan Trump y su gabinete fuera de Estados Unidos (tarifas, ataques a diversas naciones) no es sino una continuidad de la que desarrollan en casa.
Ahora, con la ventaja que permite la retrospección, es posible entender la reacción de lo que el cuerpo le pidió a Trump e intentó hacer cuando perdió las elecciones ante Biden e impulsó el asalto, golpista o insurreccional, como más guste llamar, al Capitolio, hace ahora cinco años, el 6 de enero de 2020, con el argumento que le habían robado las elecciones.
Entre ese asalto fallido, cuyos participantes fueron indultados por Trump, y la política en curso, hay una rigurosa continuidad: Trump está poniendo en práctica, día tras día, sin pérdida de tiempo, todo lo que se dejó en el tintero durante su primer mandato. Ya anunció entonces su guerra contra Venezuela, y expresó sus deseos de hacerse con Groenlandia y recuperar el Canal de Panamá.
El asalto fallido del Capitolio aportó una clave sobre la decadencia de la democracia en América, para usar el título de la obra de Alexis de Tocqueville (De la democratie en Amérique, 1835) y su evolución futura, es decir actual, que ya había sido objeto de un trabajo formidable con la firma del historiador italiano Domenico Losurdo (Democracy or Bonapartism, 2024), publicado en italiano en 1993.
Losurdo vaticinó entonces que en EEUU y otros países occidentales se extendía en los años noventa lo que llamó un bonapartismo blando.
Hablaba de una estructura política cuyo principal rasgo era un Ejecutivo carismático y poderoso, que valida su poder apelando al respaldo de las masas, una estructura en la que un personaje se erige en el intérprete, o arbitro, de la nación. En román paladino: la personalización del poder. El líder bonapartista aparece poseído del don de arbitrar para regular las luchas entre las clases y asume la “función” de representar la gran misión de la nación, puede transitar entre el estado de excepción y una democracia limitada.
Las observaciones de Losurdo se refieren a EEUU y algunos países de Europa Occidental. En realidad, la cuna del bonapartismo, aparte de la gran revolución francesa y de la Francia del sobrino de Napoleón Bonaparte (Luis Bonaparte (golpe de Estado de 1851), abreva en la Europa de entreguerras a través del bonapartismo fascista italiano de Mussolini y el alemán de Hitler.
Esa idea de bonapartismo blando, empero, ha conocido desde el asalto al Capitolio una transformación. Trump ya se apoya en un movimiento de masas (MAGA) y en un aparato de asalto (ICE), que lo perfila como un bonapartista neofascista.
Pero la prueba capital para cimentar el poderío de su estructura es la sociedad norteamericana. Las grandes manifestaciones desarrolladas en las grandes ciudades de EEUU contra la exterminación del pueblo palestino en Gaza (genocidio), por un lado, y las que se han desatado en los últimos contra el ataque a Venezuela, al tiempo que la reacción de los últimos días contra las tropas de ICE por la muerte a sangre fría en Minneapolis, que han sido gigantescas.
Pero ha sido el freno que ha puesto Jerome Powell, el presidente de la Reserva Federal, el banco central norteamericano, al asalto lanzado por Trump a la institución, un indicador de lo que viene.
Porque Trump necesita la Fed cuanto antes para manipular la economía y el coste de vida ante las elecciones legislativas de noviembre próximo.
Nadie le había hecho frente a Trump como Powell, quien salió a los medios a decir que estaba siendo investigado penalmente por una mentira (alcance económico de las obras de rehabilitación de los edificios de la institución), cuando la verdadera razón es que el pecado de la Fed es no seguir los “dictados del presidente” en materia de tipos de interés.
Los índices de popularidad de Trump, mientras tanto, siguen bajando y son los peores de un presidente en el primer año de mandato. Trump ha comprendido que vuelve aquél fantasma “¡Es la economía, estúpido”, a por él, como le ocurrió al presidente republicado George Herbert Walker Bush en noviembre de 1992.