Tratar a tiempo el miedo a dormir es clave para evitar comprometer la calidad del descanso

16 de marzo de 2026
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Mujer durmiendo / Fuente: Europa Press - Archivo

La somnifobia genera ansiedad en la persona al pensar en irse a la cama por temor a pesadillas, a no despertar o a que ocurra algo malo durante el sueño

La especialista en Medicina Interna y E-Health Medical Manager de Cigna Healthcare España, Daniela Silva, ha considerado «fundamental» que se identifique y trate a tiempo el miedo irracional e incontrolable a dormir, conocido como somnifobia o hipnofobia, antes de que se consolide un patrón de sueño fragmentado que comprometa la calidad del descanso de forma persistente.

«Quienes padecen somnifobia perciben el sueño como un momento de estrés en lugar de descanso», ha explicado Silva sobre esta condición poco frecuente, que genera ansiedad en la persona al pensar en irse a la cama por temor a pesadillas, a no despertar o a que ocurra algo malo durante el sueño.

«Esta interpretación hace que el cerebro active sistemas de alerta justo cuando el organismo debería prepararse para recuperarse, alterando los procesos biológicos del descanso y dificultando la regulación emocional y la recuperación física», ha detallado la especialista.

¿Qué produce la somnifobia?

La somnifobia suele producir respiración entrecortada o sensación de falta de aire al acostarse, impidiendo que el cuerpo alcance el estado de calma necesario para iniciar el sueño. También puede aumentar la liberación de adrenalina y cortisol, generando sudoración excesiva, temblores y palpitaciones.

Entre las manifestaciones de este miedo también se encuentran la ansiedad anticipatoria, que mantiene al cerebro en estado de alerta y también puede provocar náuseas, pesadez de estómago o malestar abdominal antes de dormir. Por ello, la persona tiende a retrasar la hora de acostarse, lo que repercute en falta de descanso y perpetúa el problema.

Asimismo, los pensamientos catastrofistas, como no despertar o sufrir algún problema mientras se duerme, generan una hipervigilancia constante, manteniendo al cerebro en un estado de alerta cognitiva que dificulta la relajación necesaria para iniciar el sueño. También altera la consolidación de las fases REM y profundas, fundamentales para la reparación física, la regulación emocional y la memoria.

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