Si tuvieran una sola cabeza se las cortaría de un cuajo

3 de abril de 2026
4 minutos de lectura

Misandria gladius en el estrado

“Nada hay más injusto que una justicia que odia antes de juzgar”. Jean de La Bruyère

Bajo el arquetipo de «María Elena Merengue», emerge una patología que desborda los límites de la ética procesal: la misandría erigida como dogma jurisdiccional. En este escenario, el estrado deja de ser un espacio de equilibrio para convertirse en un foso de sacrificio, donde la figura femenina —revestida de una autoridad narcisista— empuña la ley como un gladius romano, no para defender la verdad, sino para ejecutar una venganza atávica contra el género masculino.

La imagen de una administradora de justicia que, en su delirio de omnipotencia, se visualiza a sí misma como una entidad colosal decidiendo sobre la vida de los hombres, no es una fantasía literaria; es la representación clínica de la psicopatía subclínica en el poder. Para este perfil, el justiciable hombre es un enemigo natural, un «otro» que debe ser doblegado, humillado y finalmente aniquilado civilmente mediante sentencias que carecen de sustento fáctico, pero que sobran en malicia procesal.

Cayo Julio César Augusto Germánico, el infame Calígula, dejó para la posteridad una expresión que condensa la esencia de la mente psicopática y sanguinaria: «Utinam populus Romanus unam cervicem haberet!». El historiador Suetonio, en su obra fundamental Vida de los doce Césares, recoge este anhelo perverso del emperador de que el pueblo romano tuviera una sola cabeza para poder cortarla de un solo cuajo. Esta pulsión destructora es la que hoy habita en el estrado de la misandria burocrática.

En el tribunal de «María Elena Merengue», esta frase de Calígula cobra una vigencia aterradora. No se busca la justicia individualizada, sino la aplicación de un castigo colectivo sobre la figura del hombre, visto como un cuello único que debe ser cercenado. La presunción de inocencia se convierte en una pieza de museo, un concepto arcaico que no tiene cabida en una estructura diseñada para la ejecución moral y patrimonial del procesado bajo una óptica de odio predeterminado.

La carga de la prueba es, para este arquetipo, un estorbo procesal que se aparta con la misma frialdad con la que un verdugo afila su herramienta de trabajo. El narcisismo que define a estos perfiles se alimenta de la asimetría del poder. Disfruta el momento del fallo condenatorio, regocijándose en la destrucción de reputaciones y vínculos familiares de hombres inocentes que comparecen llenos de un terror absoluto ante una presencia que los eclipsa y los deshumaniza.

La monstruosidad de la conducta judicial aquí descrita no es sutil; es una deformidad ética que se manifiesta en la arbitrariedad de las providencias. Cada decisión es un golpe de gladius que busca herir no solo al reo, sino a la institución misma del debido proceso. La jueza malvavisco colosal de nuestra metáfora visual es el reflejo de una magistratura que ha perdido el norte del derecho para adentrarse en los pantanos de la psicopatía integrada.

A diferencia de la prevaricación común, impulsada a veces por intereses subalternos, la misandría en el estrado opera mediante una arquitectura de la mentira judicial sostenida por el placer del daño. Se redactan fallos aparentemente técnicos que, en el fondo, son ejecuciones sumarias. Es la letalidad administrativa en su máxima expresión: matar sin sangre, destruir sin ruido, utilizando la fe pública como el arma perfecta para saciar una perversión polimorfa.

El sistema de justicia se convierte entonces en un coto de caza privado. El justiciable masculino entra en el proceso no como un ciudadano con derechos, sino como una víctima propiciatoria. La «perspectiva de género», herramienta loable para la equidad, es aquí prostituida y convertida en un escudo de impunidad para que la psicópata en la toga pueda proyectar su amargura personal y sus complejos de inferioridad sobre quienes tienen la desgracia de caer bajo su jurisdicción.

Es imperativo que el foro jurídico y la sociedad civil despierten ante estos perfiles que corroen las instituciones desde adentro. La presencia de sujetos con tales rasgos de personalidad en la magistratura es un peligro público de dimensiones incalculables. Son «depredadoras integradas» que utilizan el mazo judicial para compensar sus propias carencia afectivas, transformando la sala de audiencias en un teatro de crueldad donde el guion ya ha sido escrito antes de que empiece el juicio.

La letalidad de estos actos no se limita a la sentencia final; se extiende a lo largo de toda la secuencia procesal, donde el hombre es sometido a vejámenes psicológicos y procesales que buscan su quiebre emocional. Esta es la justicia del odio, una que no busca la verdad sino la satisfacción de una pulsión sádica que encuentra en el ejercicio del mando su mayor orgasmo intelectual y burocrático, tal como lo buscaba el emperador romano en su delirio de sangre.

Es necesario implementar filtros rigurosos que impidan que el mazo de la justicia caiga en manos de quienes padecen psicopatía subclínica. El narcisismo maligno no puede ser la vara con la que se mida la libertad de los ciudadanos. La sociedad queda expuesta a una justicia herida de muerte por la malevolencia de quienes deberían protegerla, si no se comprende que el cargo de juez exige, antes que conocimientos legales, una estructura mental equilibrada y libre de resentimientos atávicos.

Nota técnica: El presente texto mediante el arquetipo de María Elena Merengue, constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, no se refiere a ninguna persona en particular,  sino que está diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer situaciones que no deberían presentarse en la praxis judicial. Ante la realidad de que perfiles de psicopatía subclínica pueden ocupar cargos de poder, surge la necesidad urgente de que todo aspirante a la magistratura, así como los jueces en ejercicio, sean sometidos a valoraciones psiquiátricas semestrales o anuales que incluyan el Test de Hare (PCL-R). Sin este monitoreo constante de salud mental, la sociedad queda en manos de la arbitrariedad más absoluta.

“La crueldad es el primer atributo de los espíritus pequeños y de las almas que se creen por encima de la ley”. Séneca

Doctor Crisanto Gregorio León 

Profesor Universitario

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