Dicen que septiembre es como un lunes eterno, y no les falta razón. La playa aún se te aparece en sueños, el bronceado empieza a desvanecerse y, de repente, te encuentras peleando con la impresora de la oficina como si nunca hubieras tenido vacaciones. Vuelves a tu mesa, donde los papeles han estado esperándote con una paciencia digna de monje tibetano, y ahí lo notas: el llamado síndrome post-vacacional. Sí, no es solo flojera: tiene nombre y apellido, y cada año hace acto de presencia cuando toca cambiar chanclas por zapatos.
El síndrome post-vacacional no es un invento de los que quieren trabajar menos, sino una respuesta real de nuestro cuerpo y nuestra mente al choque entre la libertad de las vacaciones y la disciplina de la vida laboral o académica. Esa sensación de pereza, irritabilidad o incluso tristeza al volver a la rutina está documentada por psicólogos y médicos desde hace años. Y lo peor es que no discrimina: da igual si trabajas en una oficina, en un colegio o en un hospital, el regreso puede sentirse como escalar el Everest en chanclas.
La psicóloga de bluaU Sanitas, Delia García Moratilla, explica que las dificultades para readaptarse a la rutina laboral puede dar lugar a sentimientos de ansiedad, irritabilidad, bajo estado de ánimo y nostalgia por los momentos de descanso. En otras palabras: no es que seas débil, es que tu organismo no entiende por qué has pasado de una siesta en la hamaca a un informe de 50 páginas.
Y no nos olvidemos de los más pequeños. La vuelta al cole puede convertirse en otro campo de batalla. Tras semanas de horarios relajados, helados y juegos infinitos, a los niños también les cuesta retomar las clases, madrugar y enfrentarse a los deberes. Y, como padres, muchos saben que la adaptación de sus hijos influye directamente en la de ellos: no hay nada más post-vacacional que una mochila mal hecha a las ocho de la mañana y un “no quiero ir al cole” como banda sonora.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Los psicólogos insisten en la planificación. Volver de viaje unos días antes de reincorporarse ayuda a suavizar el golpe de realidad. Ajustar horarios de sueño previamente también marca la diferencia, porque madrugar de golpe tras 15 días de acostarse a medianoche es receta segura para el caos. Y, sobre todo, recomiendan retomar las obligaciones de manera gradual, empezando por lo más llevadero o lo más agradable.
Otro punto clave es marcar objetivos. Tener un plan, aunque sea pequeño, ayuda a mantener la motivación: desde apuntarse a una actividad que ilusione hasta plantearse un proyecto laboral estimulante. Lo mismo ocurre con los más pequeños: involucrarlos en actividades extraescolares que disfruten o permitirles mantener algunos momentos de ocio propios del verano facilita que la rutina no se sienta como una condena.
Los especialistas también aconsejan no olvidar el lado social y de ocio, esas parcelas de la vida que solemos reservar solo para las vacaciones. Planificar salidas, mantener contacto con amigos o darse pequeños caprichos cotidianos contribuyen a que la rutina no parezca una condena. Es, en cierto modo, importar a septiembre algunas cosas de agosto: un desayuno largo el fin de semana, una cena improvisada o una escapada corta.
Por último, conviene recordar que si los síntomas se prolongan demasiado o afectan de manera seria al bienestar, lo recomendable es acudir a un profesional. Porque el síndrome post-vacacional suele ser pasajero, sí, pero no por eso hay que subestimarlo. Al final, regresar a la rutina forma parte del ciclo anual, pero hacerlo con salud mental y con un plan bajo el brazo puede convertir a septiembre en algo más que el mes de la depresión colectiva: puede ser, incluso, una oportunidad para empezar de nuevo con energía renovada.
la vuelta al cole es traumática
buen reportaje sobre el síndrome real de todos l ok a septiembres