PREÁMBULO:
La serie «¿Sabes quién es María Elena Merengue?» llega a un punto crucial: el análisis del mesianismo judicial y la omnipotencia institucional. En atención a los casos de magistradas y funcionarias que se creyeron dioses sobre la tierra —como he mencionado en mi texto de impacto «Aunque arda Troya»—, analizamos hoy el control de las voluntades y la explotación de la lealtad ciega. La psicopatía no solo destruye patrimonios; mata la esperanza de justicia en un pueblo. Aquí exploramos el perfil del arquetipo de la mujer que utiliza su investidura para crear redes de influencia mafiosas, convencida de que su voluntad personal está muy por encima de la Constitución Nacional.
ANAMNESIS
En las estructuras de poder judicial y administrativo donde el control se vuelve absoluto y la rendición de cuentas desaparece, el arquetipo de María Elena Merengue se manifiesta como un estudio fascinante sobre cómo el narcisismo puede convertir la autoridad pública en un culto personal de características casi sectarias. Aquí la patología no busca solo el enriquecimiento ilícito; busca la aniquilación de la voluntad ajena. La psicopatía de este perfil se detecta en su habilidad casi quirúrgica para tejer complejas redes de dependencia emocional, profesional y financiera. La «María Elena Merengue» de este arquetipo es una maestra absoluta de la inducción: no necesita ensuciarse las manos directamente con el lodo de la ilegalidad si puede convencer a un subordinado vulnerable de que cometer un atropello judicial es, en realidad, un «acto de lealtad suprema» hacia su figura o hacia una supuesta causa mayor que ella dice representar.
Esta falta de empatía es radical y absoluta. Observar cómo una decisión arbitraria suya desintegra en segundos la carrera de un colega brillante o la estabilidad económica de una familia honesta no le produce el más mínimo malestar gástrico ni insomnio; por el contrario, le otorga lo que los psiquiatras denominan la «satisfacción del controlador». El narcisismo mesiánico que la caracteriza la lleva a creer que ella es la encarnación misma de la Justicia, la Institución y el Estado. Exige devoción religiosa y sumisión total, no respeto profesional ni debate de ideas técnico-jurídicas. Se siente por encima de la moral colectiva porque, en su mente megalómana, sus fines personales justifican cualquier medio, por oscuro o sangriento que este sea. Este rasgo funciona como un escudo contra la conciencia, permitiéndole habitar en una paz ficticia mientras sus víctimas sufren el rigor de su saña y su desprecio. Para ella, el otro no existe como sujeto de derechos, sino como peón de su tablero personal donde la comida de su ego es la obediencia servil.
Para la María Elena Merengue mesiánica, cualquier disidente o cualquier voz que pida legalidad es etiquetado inmediatamente como un «enemigo del sistema» o un «traidor a la causa». Esta distorsión cognitiva la impulsa a perseguir con una crueldad metódica a cualquiera que intente aplicar la ley de forma imparcial. La caída de estas figuras suele dejar tras de sí un vacío de poder caótico y traumático, ya que ellas suelen destruir la institucionalidad interna para asegurar que nada ni nadie sobreviva sin su presencia o su bendición. Sin un séquito que la adore o un cargo que la proteja, el narcisista se consume en el odio y el resentimiento, pero el daño social y moral que deja atrás es incalculable para las futuras generaciones. Es la «araña social» que atrapa a todos en su red de favores envenenados y castigos ejemplares, convencida hasta el último minuto de que es un ser superior, hasta que la realidad golpea con mazo de hierro su trono de impunidad y revela, ante el mundo, la profunda miseria moral de todos sus actos, aunque con ello arda Troya.
«No hay mayor tiranía que la que se ejerce a la sombra de la ley y utilizando los colores sagrados de la justicia para fines profanos.» — MONTESQUIEU.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario