«El psicópata es un actor consumado que se cree su propio papel mientras destruye el escenario y a los demás actores.» — HERVEY CLECKLEY (Autor de ‘La Máscara de Cordura’).
PREÁMBULO:
Como señalé en mi columna de Fuentes Informadas, existe una forma de maldad que se disfraza de rectitud, religiosidad y decoro. A propósito de las juezas que han enfrentado pedidos de penas severas —incluso la pena capital en ciertos sistemas— por su CORRUPCIÓN SISTÉMICA y abuso de poder, entramos hoy en el análisis de la MANIPULACIÓN EMOCIONAL. Este artículo examina cómo la personalidad psicopática utiliza la «máscara de cordura» para fingir una ética inexistente. Es el perfil del arquetipo de MARÍA ELENA MERENGUE que clama inocencia entre lágrimas ante las cámaras, mientras sus sentencias, cargadas de saña narcisista, destruyen la vida de quienes caen en sus manos.
ANAMNESIS
En los pasillos a menudo sombríos de la administración de justicia, donde la verdad debería ser la luz, el arquetipo de MARÍA ELENA MERENGUE surge como una figura central de la «VICTIMIZACIÓN MANIPULADORA». Este perfil nos enfrenta a una de las tácticas más exitosas de la psicopatía integrada: la habilidad camaleónica para perpetrar actos de profunda injusticia y, acto seguido, presentarse ante la opinión pública y los medios de comunicación como una mártir acosada por el «sistema» o por «enemigos invisibles». La «MÁSCARA DE CORDURA» no es solo un escudo protector; es un arma de ataque psicológico masivo. No se trata de una alienación mental o una pérdida de contacto con la realidad; al contrario, es una LUCIDEZ DEPREDADORA que domina el lenguaje de los derechos humanos y la moralidad para encubrir la violación sistemática de los mismos en la oscuridad de sus despachos.
La PREMEDITACIÓN es el eje sobre el cual gira toda la existencia de este arquetipo. En la psicología criminal, la característica esencial que distingue al psicópata del delincuente impulsivo es el aprovechamiento de LA VENTAJA. Este perfil no actúa bajo presión ni por necesidad; actúa bajo una fría observación de las circunstancias. Espera con paciencia de cazador el momento en que su víctima —sea un justiciable sin recursos, un periodista incómodo o un funcionario honesto— está en su punto de mayor debilidad o aislamiento para asestar el golpe judicial o administrativo definitivo. Esta capacidad aterradora de destruir un destino, arruinar una reputación y luego dictar una conferencia magistral sobre ética o valores familiares define a la perfección la PSICOPATÍA FUNCIONAL. En su psique, el sufrimiento ajeno es una variable irrelevante, un daño colateral necesario en la búsqueda de su propio beneficio o prestigio. El dolor del otro es el combustible de su sensación de poder.
El rasgo narcisista más alarmante en este perfil es la NEGACIÓN RADICAL DE LA REALIDAD JURÍDICA. Incluso cuando las pruebas de su corrupción, de su saña o de su maldad son irrefutables y están documentadas con rigor, este arquetipo sostiene con vehemencia una narrativa de «PERSECUCIÓN POLÍTICA» o «complot judicial o amenazas de muerte porque la debe y la tema». El narcisista maligno carece de la infraestructura neurológica para sentir culpa genuina. Si la ley la encuentra culpable, en su mente, no es ella quien ha fallado, sino que es la ley la que está «enferma» o manipulada por manos enemigas. Esta distorsión le permite habitar en una realidad alterna donde ella es la única heroína trágica y pura rodeada de villanos. Es frecuente observar a estas mujeres utilizando un «encanto seductor» para manipular a comunicadores ingenuos, empleando el llanto teatral y la invocación a lo sagrado como un arma de distracción masiva. Sabes quién es María Elena Merengue cuando logras ver la FRIALDAD ABSOLUTA TRAS SUS OJOS mientras jura inocencia por lo más sagrado, una mirada imperturbable que ignora deliberadamente el rastro de destrucción, dolor y muerte civil documentado en sus propios expedientes judiciales. Es la depredadora que se cree inmune por decreto divino, convencida de que su investidura es un salvoconducto eterno, aunque sus actos hagan que, inevitablemente, ARDA TROYA.
«La conciencia es el espejo de nuestra alma; el narcisista simplemente rompe el espejo para no tener que ver la monstruosidad de su propio reflejo.» — FRIEDRICH NIETZSCHE.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario