Pregúntale a ella

7 de enero de 2026
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«Cuando el miedo se convierte en la única sombra de una mujer, el primer paso hacia la luz no es el perdón al verdugo, sino el rescate de su propia dignidad.» Doctor Crisanto Gregorio León

Jamás imaginó que quien se mostraba particularmente afable fuera capaz de albergar tanta violencia. Está arrepentida de haber dejado su casa paterna con la falsa ilusión de que las cosas tendrían que ser similares o superiores al calor y al amor de hogar de su infancia.

Ella no ríe ni sonríe; con la vista sin brillo y con miedo a pensar, se ha convertido en una autómata. Cuando algún aire fresco le arranca un remedo de sonrisa, este le es cruelmente abortado por un gesto de intimidación que enfría sus huesos hasta los tuétanos. Ha perdido la lozanía de sus mejores tiempos; ahora está desencajada y hasta apresura nerviosamente los pasos para evitar desmoronarse, como siempre, ante el farsante.

Cada noche es asaltada vilmente por quien prometió amarla y protegerla. Sufre silenciosamente su dolor y la rutina de su desgracia amenaza con apocarla cada día más, en una suerte de ruleta rusa en la que espera que todo acabe de una vez. Le falta valor, ya que el miedo no la deja respirar; la está asfixiando y se ha convertido en una sombra de su propia sombra, a la que teme por metamorfosearse en una cómplice no convidada de su agresor.

Y los hijos, frágiles testigos de ese calvario, introspeccionan la amarga pena del suplicio de su madre, a quien aman; pero, confusos por la inexplicable inutilidad de su tormento, no asimilan que su padre pueda ser el enemigo de su honra, de su paz, de su felicidad y del amor que debería cohesionarlos. En ese hogar, el miedo amarga incluso el sabor de la comida, convirtiendo el sustento en un trago amargo bajo la mirada del verdugo.

Porque él, impunemente, le está arrebatando la vida, le está quemando el espíritu y le pisotea su dignidad. Ese hombre que ostenta inmerecidamente el epítome de padre de familia se desenvuelve como un dechado de virtudes ante los extraños, mientras golpea y ofende a la propia gente, a su sangre, a su esposa y a sus hijos. Mientras aparenta ser un buen ciudadano o un inmejorable vecino, el caos reina en su casa, donde mantiene sojuzgada la libertad.

La cara amargada de ella y la mueca del rostro de sus hijos no pueden interpretarse sino como que algo malo está pasando; porque no hay alegría en sus almas, no hay sosiego en sus ojos y sus voces quebradas y vencidas por la maldad de un hombre son evidencia palpable del disfraz que se hace llamar «Papá», cuando la megalomanía maneja su conducta hasta el punto de esputar a su prole y a la mujer que Dios le ha dado.

Cuando ella, en incipiente toma de conciencia, asoma la posibilidad de liberarse de la genuflexión en que vive, entonces él se presenta aparentemente arrepentido e invita a extraños a su casa para mostrar sus “buenas obras”, su “buen juicio” y su “talante circunspecto”. Por unos efímeros minutos, pareciera reinar la civilidad de un hogar liderado por un buen padre de familia. Pero todo es una farsa y solo ella, que vive su propio infierno, puede dar testimonio real de la crucifixión de sus sueños. Por lo que debe buscar la fuerza de liberarse del dominio del hombre que la maltrata, que no la valora y que la humilla, porque la enferma no es ella. El enfermo es él.

«Nadie tiene el derecho de apagar el espíritu de quien Dios ha puesto a su lado; la verdadera autoridad en el hogar se mide por la paz que se brinda, no por el miedo que se impone.»Doctor Crisanto Gregorio León

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

1 Comment Responder

  1. La lacra de la violencia familiar, y en especial, la denominada » violencia contra la mujer», que existe cualquiera que sea la denominación con la que se le nombre. La única lucha efectiva es a través de la educación y el reconocimiento del otro como un igual en derechos. Acertado relato del Dr. Crisanto Gregorio.

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