Perry Mason: El amo de Yulia

24 de febrero de 2026
6 minutos de lectura

«El psicópata es un depredador de su propia especie que utiliza el encanto, la manipulación y la intimidación para controlar a los demás y satisfacer sus propias necesidades.»

Robert Hare

Antes de profundizar en esta sombría crónica, es imperativo aclarar que la perversidad de este individuo no emana de su condición de abogado, sino de su propia naturaleza psicopática. El hecho de que Epson ostente un título en Derecho es un mero accidente en esta narrativa de despojo; una herramienta circunstancial que él ha prostituido para dar rienda suelta a su esencia depredadora. La abogacía, en su concepción más pura, es una misión de servicio y equilibrio, ajena por completo a la bajeza de quien utiliza la ley como un garrote. Epson no es un abogado perverso; es un perverso que, por desgracia de la academia, se dice abogado, deshonrando una toga que le queda grande a su estatura moral.

Cuando la impericia técnica se apodera de los estrados judiciales, el proceso se corrompe hasta engendrar aberraciones jurídicas tan injustas que obligan a la víctima a clamar al cielo, buscando arriba la protección que no encuentra en la tierra. Nos encontramos ante una hipótesis de trabajo que bien podría ser el espejo de una realidad lacerante: la historia de Yulia Vestida y Epson Motriz, un binomio donde la voluntad de ella ha sido aniquilada por una dominación que trasciende lo físico para instalarse en lo patológico. Bajo la sombra de un proceso judicial viciado, Epson, egresado de una universidad que ostenta el deshonroso título del peor ranking académico mundial —una institución que es un verdadero sótano del saber y una fábrica de títulos sin ciencia—, ha tejido una red de engaños para provocar la destrucción familiar de Yulia, separándola de su único protector: su padre.

Epson Motriz, cuya impericia técnica es solo comparable a su bajeza moral, se encargó de garantizar que el padre de Yulia permaneciera bajo llave, en la oscuridad de una celda, dejándolo en un estado de indefensión absoluta durante la etapa sumarial. Al no articular excepciones ni defensas pertinentes, este pseudo letrado imberbe no buscaba la justicia, sino el aislamiento de su presa. Sabiéndose un incapaz profesionalmente desde el punto de vista del Derecho, hizo uso consciente de esa misma incapacidad para lograr el efecto deseado: hundir al padre en las ergástulas del sistema. Su actuación evoca la perversidad de quien, sabiéndose portador del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, decide yacer con una persona inocente; en medio de un momento de placer egoísta, la está inoculando con la muerte. Así, Epson inoculó la desgracia procesal en la familia, utilizando su propia vacuidad técnica como un virus letal para garantizar el cautiverio de su víctima.

Mientras el proceso judicial se desmorona por la falta de rigor, Epson opera con una maestría tras bastidores que no proviene del estudio del Derecho, sino de la estructura mental del psicópata. En su delirio de grandeza, este sujeto se hace pasar por un Perry Mason, aquel legendario abogado de la televisión que era el símbolo de la defensa heroica y la probidad jurídica. Sin embargo, Epson es su antítesis absoluta: mientras Mason salvaba al inocente con ciencia y ética, este sujeto utiliza su ignorancia como arma para destruir; donde Mason buscaba la verdad, Epson teje la mentira para el control. Posee esa habilidad oscura para el engaño, esa pericia de depredador que sabe mover los hilos de una realidad paralela donde él es el único soberano, apoderándose de la voluntad de Yulia en un estado de hipnosis sexual emocional que raya en lo criminal.

Bajo esta fascinación, Yulia —víctima de una disonancia cognitiva profunda— lo cree un paladín, sin percibir que detrás de esa máscara se esconde el verdugo de su propia familia. Existe una saña particular en mantener a Yulia Vestida desvestida, despojada de su ropa, de su honra y de su capacidad de discernimiento. Ella entrega cada noche sus propinas y el fruto de su sudor a este parásito, llegando al extremo de extraer bienes de la casa paterna para entregárselos como ofrenda a este leguleyo de ranking residual. Yulia, en una distorsión patológica de la realidad, se siente incluso agradecida de que él se haya fijado en ella y de que haya fungido como el abogado de su progenitor, sin ver la siniestra maldad de quien maniobró maquiavélicamente para alejarla de su padre y así asegurar su control absoluto, valiéndose de su posición íntima en el núcleo familiar para consumar la traición.

Desde una visión psiquiátrica y de la psicología profunda, es imperativo aclarar que en esta relación no existe paridad. Mientras que en otros contextos se habla de la dominatriz como una figura de poder femenino, aquí estamos ante el escenario opuesto: Yulia es una esclava sexual absoluta. Su situación evoca esa imagen recurrente en redes sociales donde a un caballo se le ata con una soga invisible; el animal, condicionado por el miedo y la costumbre, actúa como si la cuerda fuera un grillete de acero, limitando sus propios movimientos. Así vive ella: amarrada por una cadena invisible que le aprieta el alma, despojada de toda soberanía sobre su cuerpo y su mente por un Dómine despótico que no admite réplica ni pensamiento propio.

Este culto ciego recuerda a ciertas tribus africanas donde el órgano masculino es el eje central de la cosmogonía y el poder supremo, un tótem ante el cual toda razón debe doblegarse. Epson Motriz se ha erigido como ese tótem, un captor que ha logrado que ella adore su órgano como a una deidad, a un «San Machete» que nubla su juicio y silencia su decencia. Ella ha operado una falocracia psicológica donde el pene del captor es el cetro de una monarquía absoluta que justifica la rapiña y anestesia el superyó. Estamos ante una captura traumática donde el abusador genera la tragedia familiar y luego se presenta como el único referente válido, hundiendo a Yulia en una disonancia cognitiva tal que prefiere creer que su amo es un genio del derecho antes que aceptar la cruda realidad: que es el verdugo de su propia sangre.

Lo más alarmante es que Yulia parece sentirse honrada de este sometimiento, lo cual es el síntoma definitivo de una conciencia cauterizada. Esta percepción de honor en su propia degradación constituye una deformación moral profunda y una verdadera afrenta contra el Espíritu Santo. Al ignorar que el cuerpo es el templo de la divinidad, ella ha abandonado su fe cristiana consciente de que su conducta es incompatible con la luz, hundiéndose en una oscuridad donde no cabe la recapacitación. Se encuentra como drogada, como si estuviera bajo el flujo constante de sustancias estupefacientes y psicotrópicas que han adormecido su centro moral, impidiéndole levantarse de esta esclavitud voluntaria. Esta narcosis del alma le hace abrazar su propia humillación como si fuera una condecoración, demostrando que el daño causado por el psicópata ha llegado a los cimientos de su espiritualidad.

Esta conducta de Epson Motriz representa la antítesis de la nobleza del Derecho. Los abogados estamos obligados por juramento y por los más elementales códigos de ética a ser custodios de la justicia, no mercaderes de la desgracia ni esclavistas de la voluntad ajena. Resulta miserable y aberrante que un profesional utilice su título como una herramienta de sometimiento, abusando de la confianza de su cliente y de la hija de este, transformando la defensa técnica en un calabozo emocional y patrimonial. La abogacía no puede comportarse de manera tan ruin; el respeto al decoro y a la integridad de la familia del defendido es una línea roja que la malicia de este individuo ha pisoteado sin rubor, demostrando que su título es un papel sin honor.

Bajo este efecto de fascinación hipnótica, Yulia justifica cada atropello y repite mecánicamente las falacias que él le inocula, actuando como un escudo humano para ocultar la verdad: que este hombre es un ruin, un patán aprovechado y un esclavista emocional. La manipulación es tan profunda que este leguleyo, en su analfabetismo funcional, apenas pudo confeccionar escritos que dan vergüenza ajena. Mientras él se apropia de los bienes y del esfuerzo de la joven, operando con impunidad tras bastidores, el proceso se hunde en el fango de la misandria de una juez que parece disfrutar del sacrificio de un hombre en el altar de las leyes mal aplicadas. La justicia se convierte así en un teatro de sombras donde el verdugo no solo usurpa la libertad del padre, sino que además duerme en la misma cama y abusa constantemente de la hija de su propia víctima, manteniéndola en una ceguera moral donde el deseo silencia la decencia.

«El deseo del hombre es el deseo del Otro. En la economía del goce, el esclavo termina por identificarse con el objeto que satisface el capricho de su captor.»

Jacques Lacan

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

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