Panamá y Venezuela bajo la mirada del tiempo: ninguna noche es eterna

2 de enero de 2026
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Venezuela y Panamá I Freepik

Vidas inocentes se perdieron, barrios enteros quedaron marcados y el trauma colectivo se incrustó en la memoria nacional

La historia no avanza en línea recta, pero siempre deja huellas. Algunas son visibles de inmediato; otras tardan décadas en revelarse. Panamá y Venezuela, separadas por geografía pero unidas por experiencias de dolor y autoritarismo, dialogan hoy a través del tiempo. Una desde el recuerdo; la otra desde la herida abierta. Ambas enseñan una verdad incómoda pero necesaria: ninguna noche es eterna.

Panamá: la memoria de una noche que no debe olvidarse

Han pasado más de tres décadas desde la invasión estadounidense a Panamá, una intervención destinada a desmantelar una dictadura que había convertido la violencia en sistema. Aquella operación no fue limpia ni precisa. La sociedad civil pagó un precio altísimo. Vidas inocentes se perdieron, barrios enteros quedaron marcados y el trauma colectivo se incrustó en la memoria nacional.

Antes de aquel episodio final, el país ya convivía con una estructura represiva institucionalizada. Torturas, persecuciones y castigos formaban parte de la vida cotidiana. El miedo no era una excepción, sino una norma. Muchos panameños crecieron entendiendo que protestar tenía consecuencias físicas y psicológicas irreparables.

Panamá logró salir adelante. Se reconstruyó. Volvió a caminar. Pero el paso del tiempo no debe confundirse con el olvido. Aquellos verdugos que un día ejercieron poder hoy son sombras envejecidas, ciudadanos anónimos cargando, o no, con el peso de sus actos. La justicia no siempre llegó en forma de tribunales, pero sí en una condena más silenciosa: el juicio de la historia, que no borra, no absuelve y no justifica.

Venezuela: la noche presente y la certeza del amanecer

Lo que Panamá recuerda, Venezuela lo vive hoy. Allí, la represión no pertenece al pasado, sino al presente. La violencia se ha convertido en método de gobierno y la deshumanización en doctrina. Manifestaciones pacíficas reprimidas, opositores encarcelados, familias rotas y ausencias que no encuentran explicación configuran una realidad que duele narrar, según el Diario Las Américas.

El patrón es conocido. Primero se señala al enemigo. Luego se justifica el castigo. Finalmente, se normaliza el abuso. Algunos ciudadanos, por miedo o conveniencia, se convierten en ejecutores del sistema. Otros resisten. Muchos callan. Pero la historia observa, paciente.

Venezuela aún no ha llegado al momento en que la dictadura cae y los responsables deben enfrentarse a lo que hicieron. Ese instante llegará. Siempre llega. Y entonces surgirá la misma pregunta que Panamá enfrentó con el tiempo: ¿qué hacer con quienes hicieron del dolor ajeno una profesión?

El daño no desaparece con un cambio de poder. Queda escrito en la memoria colectiva. Las naciones, como las personas, no avanzan negando su pasado, sino entendiéndolo. Reconocer esas páginas oscuras no es autoflagelación, es una advertencia.

Hoy, Panamá mira atrás con cicatrices y aprendizaje. Venezuela mira adelante con esperanza contenida. La historia no corre, no grita, no interviene, espera y cuando el fruto madura, cae. Porque ninguna noche, por larga que parezca, es eterna.

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