La escena no fue habitual, pero sí profundamente necesaria. Ocho niños y niñas, de entre 12 y 17 años, ocuparon la tribuna del Congreso de los Diputados para hacer algo tan sencillo, y tan poderoso, como hablar de su vida, de sus miedos y de sus derechos. Lo hicieron con serenidad, con valentía y con un mensaje común: la infancia quiere ser escuchada y quiere participar en las decisiones que afectan a su presente y a su futuro.
Uno de los ejes centrales de las intervenciones fue el mundo digital, un espacio que forma parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes, pero que también genera inseguridad. Leonor, de 12 años, puso palabras a una preocupación compartida: “Queremos dejar de ser productos en Internet”. Habló de aplicaciones que fomentan la adicción, del uso de la inteligencia artificial sin saber qué ocurre con los datos personales y de la ansiedad provocada por las comparaciones constantes en redes sociales.
El mensaje fue claro: no quieren vivir con miedo al otro lado de la pantalla. Reclaman leyes que les protejan, plataformas más responsables y, sobre todo, que los adultos cuenten con ellos a la hora de legislar. La presidenta del Congreso, Francina Armengol, subrayó que la participación infantil no es simbólica, sino un derecho real que fortalece la democracia.
También se abordaron las barreras de accesibilidad en entornos digitales y educativos. Uxía, una adolescente con discapacidad, denunció que muchas plataformas siguen dejando fuera a quienes más apoyo necesitan. Sus propuestas fueron concretas: avisos en cuentas denunciadas, derechos digitales en los temarios escolares y tecnología pensada para todos, según apunta Europa Press.
Más allá de Internet, los menores pusieron sobre la mesa problemas que atraviesan su día a día. La violencia en los centros educativos, la discriminación por origen o identidad cultural, la falta de espacios seguros en los barrios y una salud mental frágil fueron algunas de las grandes preocupaciones. Noelia, de 13 años, fue especialmente contundente al advertir de una adolescencia que se siente desprotegida y sola, reclamando más orientadores y formación específica en salud emocional.
Otros testimonios hablaron de pobreza, de cambio climático, de burlas por la forma de vestir o hablar, y de la necesidad de que los discursos políticos sean menos agresivos, porque —como recordaron— los adultos son ejemplo. “Mírennos a los ojos antes de decidir”, pidió Khouloud, poniendo rostro humano a cifras que a menudo se debaten en abstracto.
La iniciativa, impulsada por UNICEF España y la Plataforma de Infancia, dejó una idea imposible de ignorar: la infancia no es el futuro, es el presente. Y cuando se le da espacio, responde con lucidez, empatía y una firme defensa de los derechos que le pertenecen. Escucharles no es un gesto de buena voluntad; es una responsabilidad colectiva.