Cuando se cumple un mes de los devastadores terremotos que dejaron más de 5.300 fallecidos y 16.700 heridos en Venezuela, las organizaciones humanitarias alertan de que la crisis ha entrado en una fase diferente pero muy peligrosa. Tal y como señala Virginia Saiz, directora general de Plan International en España, «ha pasado un mes y el mundo empieza a mirar hacia otro lado, pero para miles de niñas la emergencia no ha hecho más que cambiar de forma».
En la actualidad, más de 23.000 personas continúan alojadas en campamentos temporales que no siempre garantizan la seguridad o la intimidad, mientras que otras familias prefieren improvisar refugios en plazas públicas. Como explica Andreina, madre de 26 años instalada en una plaza junto a su familia, «prefiero estar en una plaza donde conozco a la gente que me rodea que ir a un sitio enorme donde no sabes quién entra ni quién sale».
La infancia sufre de forma especial esta vulnerabilidad, exponiendo a las niñas al riesgo de violencia y a los adolescentes al reclutamiento, en un contexto donde las redes protectoras se debilitan. En palabras de Yessica Serrano, asesora regional de Protección de la Infancia de Plan International, «las crisis no afectan a todos los niños por igual; las niñas, y en especial las adolescentes, están más expuestas a la explotación sexual, la violencia y el trabajo doméstico».
A esta situación se suman las dificultades para acceder a recursos tan básicos como los artículos de higiene. Como lamenta Andrea, una voluntaria de 17 años, «la gente está centrada en conseguir comida, agua, linternas y recursos básicos, pero nadie piensa en lo que necesitan las mujeres: compresas, papel higiénico, y lo más fundamental».
Desde UNICEF se incide en la urgente necesidad de no bajar la guardia y mantener los recursos de apoyo integral para los menores damnificados. Manuel Rodríguez Pumarol, representante de UNICEF en Venezuela, subraya que «más allá de los daños visibles, el miedo, la incertidumbre y la interrupción causadas por el desplazamiento pueden tener un impacto duradero en el bienestar de los niños y niñas».
Por último, Médicos del Mundo advierte sobre la necesidad imperiosa de tratar la salud mental para evitar que las secuelas del seísmo se cronifiquen de por vida. Como resume Marina Stussi, coordinadora de salud mental de la organización en el terreno, «conforme pasa el tiempo aparece el cansancio y conectan con el dolor, la pérdida y la desesperación», un sufrimiento que se refleja en testimonios infantiles como el de la pequeña Victoria, de nueve años: «Cuando hace viento, corro a mi habitación, me escondo y me da miedo».