El descenso de los niveles de estrógenos durante la menopausia provoca cambios significativos en los tejidos vaginales y en la microbiota, reduciendo la presencia de bacterias protectoras como los lactobacilos. Esta alteración da lugar a síntomas frecuentes como sequedad, escozor y dolor durante las relaciones sexuales, que se enmarcan dentro del síndrome genitourinario de la menopausia.
No obstante, las molestias físicas no dependen de forma exclusiva de la composición bacteriana ni de la microbiota intestinal o «estroboloma». Factores como las alteraciones del sueño, el cansancio, el estado de ánimo o el estrés interactúan directamente con la respuesta al dolor y pueden incrementar la tensión del suelo pélvico, generando un temor anticipatorio que dificulta la respuesta sexual.
La disminución del deseo no afecta a todas las mujeres por igual ni se debe a una única causa. Aunque la falta de lubricación no elimina automáticamente el deseo, las molestias persistentes y el agotamiento acumulado suelen derivar en una pérdida paulatina de interés por las relaciones, requiriendo un análisis individualizado de cada caso.
En cuanto al abordaje terapéutico, los tratamientos ginecológicos —como hidratantes, lubricantes y terapias hormonales locales— pueden complementarse con fisioterapia del suelo pélvico y atención psicológica o sexológica. Asimismo, se aclara que la mejora de los hábitos de vida no sustituye los tratamientos médicos y que el uso de probióticos carece todavía de evidencia generalizada para este fin.
Los especialistas recalcan que la menopausia no debe asumirse como un proceso de resignación al dolor ni al malestar sexual. La clave reside en comprender la situación global de cada paciente y coordinar una atención interdisciplinar que atienda tanto a las causas biológicas como a las repercusiones emocionales.