El Ejército de Israel ha ejecutado este miércoles una operación militar de una intensidad sin precedentes, lanzando 160 bombas en apenas diez minutos contra objetivos en todo el territorio libanés. Este bombardeo masivo es considerado el «mayor ataque coordinado» desde el inicio de la ofensiva contra Hezbolá el pasado 2 de marzo. Esta escalada bélica se produce en un momento diplomático crítico, amenazando con dinamitar el reciente entendimiento entre Washington y Teherán.
Las consecuencias humanas de la ofensiva han sido devastadoras. Según han confirmado las autoridades libanesas, al menos 254 personas han muerto y más de 1.160 han resultado heridas. El sur de la capital se ha sumido en el caos absoluto, con carreteras colapsadas por civiles que intentaban huir y servicios de emergencia desbordados por el desplome de edificios. La ONG Médicos Sin Fronteras ha descrito una situación «caótica» en los hospitales, donde los pacientes llegan con hemorragias graves y heridas de metralla.
Desde el gobierno libanés, la respuesta ha sido de total condena. El presidente Joseph Aoun ha acusado a Israel de «perpetrar una masacre» que «desafía flagrantemente los valores humanos», ignorando cualquier intento de estabilidad en la región. Por su parte, el primer ministro Nawaf Salam criticó que se expandan los ataques contra barrios residenciales mientras se negocian acuerdos internacionales, denunciando la muerte de civiles «haciendo caso omiso de todos los esfuerzos regionales e internacionales para detener la guerra».
A pesar de los intentos diplomáticos por calmar la tensión con Irán, Israel ha dejado claro que el frente libanés no se detendrá. El jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, aseguró que seguirán atacando «sin descanso» hasta «agotar todas las oportunidades para hacerlo». Zamir fue tajante al afirmar que la prioridad es la seguridad del norte de su país: «No pondremos en peligro la seguridad de los residentes del norte de Israel. Continuaremos atacando con determinación», sentenció.
La inteligencia israelí asegura haber golpeado más de 100 centros de mando y posiciones militares, incluyendo infraestructuras de la unidad de élite Fuerza Radwan. El ministro de Defensa, Israel Katz, ha calificado la operación como el mayor «golpe concentrado» contra el grupo proiraní desde septiembre y ha lanzado una amenaza directa contra Naim Qassem, líder de la milicia, advirtiendo que «también le llegará su turno» tras haber atacado a Israel en nombre de Teherán.
Hezbolá, por su parte, ha respondido a través de un comunicado en Telegram asegurando que la sangre de las víctimas «no será derramada en vano». La milicia chií ha reivindicado su «derecho natural y legal a resistir la ocupación» y responder a la agresión, advirtiendo que esta escalada de violencia no hará más que fortalecer su determinación para combatir a Israel en un conflicto que parece lejos de encontrar una vía de desescalada.