Lo único que puede detener a Donald Trump a nivel mundial es su moral y su mente, así lo declaró a The New York Times. Por supuesto, el presidente estadunidense fue más allá y sentenció: “No necesito del derecho internacional”. Con este razonamiento y dado los recientes acontecimientos en Venezuela, donde se pasó por el arco del triunfo a la soberanía de ese país, no me queda duda que sólo es cuestión de tiempo para que Groenlandia sea parte de Estados Unidos.
Trump volvió a poner de moda hablar de la Doctrina Monroe, esa añeja política exterior que invariablemente nos hace pensar que le costó a nuestro país la pérdida de más de la mitad de su territorio. Hoy, a casi 200 años de ser proclamada, sigue vigente y aplicada al estilo del magnate quien busca evitar la intervención de Rusia, China e Irán en los países latinoamericanos, pero también, desterrar a Dinamarca de Groenlandia, uno de los vastos territorios americanos que sigue dominado por un país europeo.
La obsesión del presidente americano con Groenlandia se sostiene en el argumento de que es por una estrategia geopolítica y de seguridad nacional, con el fin de no perder terreno en el Ártico frente a los rusos y chinos. A diferencia de hace un año, cuando declaró su interés y parecía una más de sus locas ocurrencias, hoy los daneses parecen tomarse en serio las advertencias lanzadas de nuevo en este 2026, dado el contexto internacional actual, y la primera ministra, Mette Frederiksen, lanzó una reacción más firme advirtiendo que un eventual ataque de EE UU contra la isla significaría el fin de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Entre los groenlandeses, las opiniones no parecen variar desde que empezó este asedio en 2025. De acuerdo con el diario danés Berlingske, 85% de los groenlandeses no desean que su isla ártica pase a formar parte de Estados Unidos, sólo 6% está de acuerdo y 9% no lo tiene claro. ¿La opinión de 56 mil habitantes será suficiente para frenar al presidente americano?
Frente a la presión trumpista in crescendo, Dinamarca es acorralada a buscar el diálogo y negociación con Estados Unidos para intentar sosegar los ánimos. Una táctica cada vez más recurrente y que se ha vuelto el sello de Trump, de la nada genera crisis, los lleva a la mesa a negociar y con ello obtener lo que quiere.
Dinamarca tiene pocas cartas para negociar mantener su soberanía sobre territorio groenlandés, máxime cuando existe un deseo de independencia promovido por una parte de la población y que la única limitante para consolidarlo ha sido la dependencia económica de los daneses, algo que Trump no tendría empacho en sustituir.
Los daneses tendrán que mostrar su habilidad para negociar y ofrecer lo que Trump casi siempre quiere escuchar y lo ha aplicado en sus diferencias con otros países: cooperación militar, mayor inversión estadunidense, acuerdos en minería y petróleo, reducción de déficits comerciales y sobre todo limitar a China y Rusia.
En América Latina, la Doctrina Monroe de Trump se palpa en las amenazas de acción militar en Colombia y México, sanciones contra el presidente de Colombia y un juez de la Corte Suprema brasileña, presión a Panamá sobre la gestión del canal, nuevas sanciones a Nicaragua y recrudecimiento de restricciones a Cuba, nuevas relaciones con El Salvador, un indulto para un expresidente hondureño condenado por tráfico de drogas y el rescate de 20 mil mdd para Argentina.
Después de las acciones en Venezuela y si Groenlandia se convierte en territorio estadounidense, el mensaje al mundo será claro: la soberanía es negociable y el derecho internacional importa mientras no incomode a los poderosos.
*Por su interés, reproducimos este artículo de Fernando Aguirre publicado en Excelsior.