El clásico europeo dejó esta vez poco espacio para la épica y mucho para la reflexión. El Real Madrid Baloncesto se impuso con claridad por 80-61 a un FC Barcelona Baloncesto irreconocible en la jornada 22 de la fase regular de la Euroliga. El resultado no solo habla de puntos, sino de sensaciones: un equipo sólido, coral y convencido frente a otro apagado, errático y sin continuidad.
El partido empezó con un ambiente especial en el Movistar Arena. El homenaje previo a Walter “Edy” Tavares por convertirse en el máximo reboteador histórico de la Euroliga no fue un simple acto simbólico. El pívot caboverdiano respondió sobre la pista con autoridad inmediata, imponiendo presencia, intimidación y liderazgo. A su lado, Usman Garuba aportó energía, versatilidad y una lectura del juego que encajó a la perfección en el plan blanco.
El Madrid jugó con paciencia, moviendo el balón y castigando cada desajuste defensivo del Barça. No dependió de una sola figura, sino que encontró respuestas desde la rotación. Gaby Deck, intenso y certero, y un Facu Campazzo siempre lúcido en la dirección marcaron diferencias en los momentos clave. Incluso jugadores con menos foco mediático dieron un paso al frente, reforzando la sensación de bloque compacto.
El descanso llegó con ventaja cómoda para los locales y, sobre todo, con la impresión de que el partido se jugaba al ritmo que quería el conjunto madridista.
En el otro lado de la pista, el Barça nunca logró encontrarse. Hubo intentos aislados de reacción, destellos puntuales y alguna racha breve que insinuó un cambio de guion, pero todo quedó en amagos. La falta de acierto exterior, los tiros libres fallados y la ausencia de continuidad ofensiva fueron minando la confianza azulgrana.
Más allá de los números, el problema fue emocional y colectivo. El equipo transmitió frustración, dudas y una preocupante falta de energía competitiva. Ni los tiempos muertos ni los cambios de piezas lograron alterar la dinámica. Cada error parecía pesar el doble, y cada acierto del Madrid ampliaba la distancia también en lo anímico.
El último cuarto confirmó lo ya evidente: el clásico estaba decidido mucho antes del final. El Madrid gestionó la ventaja con madurez, sin sobresaltos, mientras el Barça se diluía poco a poco. Un triunfo que sirve como reivindicación blanca y una derrota que obliga al conjunto blaugrana a mirarse al espejo si quiere competir de verdad en los momentos decisivos de la temporada.