«En una sociedad de delincuentes, los que cumplen las leyes parecen los únicos fuera de la ley» – Mario Vargas Llosa
No encontraba el indio razón por la cual el «estado de descomposición» permanecía incólume, pues en su caja de valores no había desconfianza. Su naturaleza ingenua y desprevenida lo llevaba a creer en el Cacique al que siempre le narra las prácticas y mañas de la tribu. Desconocía el indio que ese oidor es uno de los cabecillas y el más interesado en que nada se enderece porque propugna los fines ilícitos que mancillan las costumbres tribales. Sin sospecharlo, estaba acudiendo el indio al Jefe de la delincuencia de las tribus, denunciando ante la persona menos indicada, pues quien siempre le oía se alertaba y revelaba las confesiones que recibía, pero en provecho de la delincuencia; de tal modo que conocían entonces el Cacique y su banda de indios desadaptados los pasos a seguir para mantener a salvo sus cimarrones y se servía de la confianza que le tenía el aborigen para prevenir a sus ladrones, a sus malhechores.
El oidor incorrecto, es el delincuente encubierto que recibe toda la información que se le suministra de buena fe para que haga lo que debe hacer en función de acabar con el estado de descomposición de la tribu y evitar su desaparición. Y por el contrario el jefe que recibe la denuncia lo que hace es blindar las debilidades y la fuga de información que ponen en peligro sus «intereses inconfesables».
Para el oidor, las denuncias que recibe del indio las trata delante de él como puerilidades y por tanto noticias sin trascendencia o que no merecen mayor interés o cautela; cuando en realidad constituyen el asunto medular que destruiría toda la «cosa nostra». Pues sí, la nostra tribal. Tal como la cosa nostra siciliana. O la nostra institucional. Parece una exageración y no lo es. Se trata de asuntos de una mafia interna que tiene demasiados tentáculos y muchos intereses como para que por la sola denuncia y persistencia del indio, entonces se acabe con toda esa corruptela.
Pero, insiste el indio en ir donde el mismo Cacique a exponerle siempre las vicisitudes de la tribu y los malos pasos en que muchos andan y con una confianza extrema es prolijo en detalles; pero siempre se encuentra con las mismas vainas, con las mismas piedras, con las mismas trabas y excusas, con unos ojos ciegos y unos oídos sordos, que evaden la realidad. De modo que el error siempre ha sido hacer la denuncia ante los cabecillas de la banda que ocupan los cargos de liderazgo, encubiertos de gente sana y decente. Si los jefes lo permiten, ¿entonces que se puede hacer? Un celestinaje perverso había llevado a la organización de la tribu a un despeñadero, porque el oidor tiene intereses inconfesables.
«El que no sepa ver que la justicia no es más que una máscara de la fuerza, no sabe nada de la vida».
Mario Vargas Llosa
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario