El brote de ébola detectado este mes en el noreste de República Democrática del Congo se ha convertido en una emergencia sanitaria cada vez más difícil de contener. La expansión del virus supera ya la capacidad de respuesta de los equipos médicos sobre el terreno, en un contexto marcado por la violencia armada, los desplazamientos masivos de población y las enormes dificultades logísticas.
Según los últimos datos del Ministerio de Salud congoleño, el país registra ya 83 casos confirmados, 746 sospechosos y más de 1.600 contactos identificados. Sin embargo, los equipos sanitarios solo consiguieron vigilar a poco más de 340 personas en un solo día, una cifra que evidencia el desfase entre el avance del brote y los recursos disponibles. Las autoridades manejan además cerca de 180 muertes sospechosas relacionadas con la enfermedad.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), que declaró la emergencia sanitaria internacional el pasado 17 de mayo, ha alertado de que el riesgo dentro del país es “muy alto” y teme una expansión regional. Uganda ya ha confirmado nuevos contagios vinculados al brote y Ruanda ha endurecido los controles fronterizos y las restricciones de entrada para viajeros procedentes del Congo.
El foco principal continúa en la provincia de Ituri, aunque la enfermedad ya se ha extendido a otras regiones, incluida Kivu Sur, donde recientemente se detectó un caso cerca de Bukavu, ciudad controlada por los rebeldes del Movimiento 23 de Marzo (M23). La presencia de grupos armados y el control fragmentado del territorio complican todavía más las labores de rastreo y aislamiento.
Las condiciones sobre el terreno son extremadamente complejas. Muchas de las zonas afectadas solo son accesibles por caminos precarios o rutas selváticas, mientras millones de personas se desplazan constantemente huyendo del conflicto. En algunos puntos ya se han producido enfrentamientos entre familiares de víctimas y personal sanitario por las medidas de aislamiento y los protocolos de entierro.
Uno de los incidentes más graves ocurrió cerca de Bunia, donde fueron incendiadas instalaciones de tratamiento de ébola gestionadas por la ONG Alima. Durante los disturbios, varios pacientes escaparon del centro, entre ellos tres personas con diagnóstico confirmado.
El brote actual del ébola está provocado por la cepa Bundibugyo del virus, una variante poco frecuente para la que todavía no existen vacunas ni tratamientos específicos aprobados. Además, los laboratorios afrontan dificultades añadidas porque parte de los sistemas de diagnóstico utilizados en epidemias anteriores no detectan correctamente esta variante.
La OMS y organizaciones como Médicos Sin Fronteras han reclamado un refuerzo urgente de las pruebas diagnósticas, el rastreo de contactos y la presencia de equipos sanitarios en las zonas más afectadas. También han pedido garantizar corredores de seguridad para que los trabajadores humanitarios puedan acceder a regiones bajo control de milicias.
Mientras tanto, el Gobierno congoleño reconoce que la tasa de positividad del ébola ronda ya el 46%, un indicador que apunta a que muchos contagios podrían estar pasando desapercibidos.