La configuración de la exclusión social en el contexto español contemporáneo trasciende la mera privación económica para instalarse en el núcleo de la fractura comunitaria. Analizar este fenómeno bajo una óptica reduccionista o puramente asistencialista impide abordar las causas estructurales que profundizan el agravamiento de las brechas sociales. No se trata simplemente de un déficit de ingresos, sino de un laberinto donde la falta de oportunidades de realización personal alimenta una frustración que desestabiliza el tejido democrático del país.
Resulta imperativo observar cómo ciertos sectores, a pesar de contar con formación y empleo, se encuentran hoy en los márgenes de la exclusión. Es el caso de las parejas jóvenes en España que, ante la precariedad habitacional o la inestabilidad laboral, ven truncados sus proyectos de emancipación y familia, quedando relegadas a una suerte de invisibilidad social. Estos ciudadanos no están fuera por falta de voluntad, sino porque los mecanismos de integración parecen haber fallado, generando un sentimiento de desesperanza que erosiona la cohesión nacional.
La respuesta institucional no puede limitarse a fórmulas de redistribución simplista que solo maquillan los síntomas sin sanar la enfermedad. Una verdadera reingeniería de la inclusión exige el cumplimiento del mandato constitucional que obliga a remover los obstáculos que impiden la igualdad real y efectiva. Caer en dogmatismos populistas que solo buscan el enfrentamiento social es, en última instancia, combustible para conflictos sin resolución que terminan por empobrecer a toda la sociedad en su conjunto.
La riqueza de una nación como España debe medirse por su capacidad para generar condiciones de bienestar que no dejen a nadie atrás. Reorientar el modelo social hacia la productividad y la justicia técnica es vital para evitar que la envidia y el resentimiento dicten las políticas públicas. Mientras el foco se mantenga únicamente en la superficie, la sociedad española seguirá enfrentando el riesgo de una decadencia silenciosa donde la pobreza deja de ser un estado transitorio para convertirse en un destino.
“La verdadera grandeza de un Estado se mide por el grado de protección que otorga a sus miembros más vulnerables, transformando la exclusión en ciudadanía plena.” Adela Cortina
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario