Cristo habla a la juez

25 de febrero de 2026
2 minutos de lectura

¿Justicia o revancha?: los traumas de lilith en el estrado

«No deberías ser juez si no eres imparcial; no deberías ser juez si no has sanado tus propios traumas. Si en cada hombre ves a aquel que te agredió, no te encuentras ni en condiciones psicológicas ni espirituales para ser juez de hombres.» — Dr. Crisanto Gregorio León

«No tienen la culpa de tu odio los que nada te han hecho, ni Dios mismo que te dio la vida para que la amaras, no para que la amargaras con tu veneno».

Esta frase, que la tradición atribuye a San Martín de Porres en uno de sus viajes de bilocación hacia los esclavos en África, buscaba sanar el alma de aquel que, consumido por la furia, pretendía castigar al mundo por sus propias heridas. Hoy, siglos después, esta conseja moral debería estar grabada en mármol en cada despacho judicial donde la objetividad ha sido desplazada por el resentimiento.

Asistimos con alarma a un escenario donde la toga no siempre cubre a un juzgador imparcial, sino que, en ocasiones, sirve de escudo para proyectar traumas personales y prejuicios ideológicos. Cuando una jueza permite que su odio hacia la figura masculina contamine su criterio, el proceso penal deja de ser un mecanismo de justicia para convertirse en una trinchera de persecución sistemática.

En estos tribunales, la verdad es un estorbo. Ante la inexistencia de pruebas, asistimos a la peligrosa «construcción de evidencias» en pleno juicio oral. Es una coreografía perversa donde la colusión con peritos y cuerpos policiales fabrica culpables para alimentar una narrativa de odio. Se condena al hombre no por sus actos, sino por su naturaleza biológica, asumiendo una culpabilidad ancestral que el derecho moderno ya había superado con la presunción de inocencia.

La función jurisdiccional exige una sanidad mental y emocional que permita separar la historia personal del deber público. Una juzgadora que no ha sanado sus propios traumas termina convirtiendo el estrado en un campo de batalla donde cada hombre en el banquillo es visto como el verdugo de su pasado, y no como el ciudadano con derechos. La justicia que se fundamenta en el desquite no solo es injusta; es una patología del sistema que destruye vidas inocentes y socava los cimientos de la paz social.

La sociedad no puede ser cómplice del silencio frente a quien, investido de autoridad, utiliza el martillo judicial para cobrar deudas personales. Es hora de exigir que la balanza sea sostenida por manos libres de rencor y mentes libres de complejos. El juez debe ser un garante de la verdad, no un verdugo que busca saciar su sed de venganza con la condena del inocente.

Para quien busque descifrar el simbolismo tras el nombre de Lilith con el que he caracterizado a esta figura judicial, es preciso descorrer el velo con rigor: según la tradición judía y los textos apócrifos, Lilith fue la verdadera primera mujer, creada antes que Eva y del mismo barro que Adán, quien en un acto de soberbia y desprecio por el orden original, abandonó el Edén para transformarse en un ente consagrado al daño de la paz humana. He elegido esta evocación para representar a la «Lilith de la Toga»: esa juez que, rechazando la sanidad del espíritu, prefiere habitar en el desierto de su propio rencor. Al nombrarla así, expongo la metamorfosis de la ley en un mito oscuro; pues cuando la juzgadora se niega a sanar sus traumas, el proceso penal deja de ser un espacio de justicia para convertirse en un nuevo Calvario, donde la inocencia es sacrificada en el altar de una revancha que, como la de Lilith, nunca se sacia.

«Los demás hombres no tienen la culpa de tu odio. Si al sentenciar condenas a todos los hombres, porque en cada hombre recuerdas a aquel que alguna vez te hizo daño, entonces eso no es justicia, es revancha, es venganza» — Dr. Crisanto Gregorio León

Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario

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